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sábado

Ricky, el perro callejero #25

EL VIAJE. DIA 3 (parte 5). Lionardo viola a Saúl. Aparece la policía en la mansión de Don Cornelio Romannetti.

Los Machos estaban reunidos frente a la chimenea, en el salón de aquella elegante mansión. Cada uno en su propio gran sofá blanco. Todos los sumisos estaban desnudos. Los Sementales cubrían sus cuerpos con batas de marca. A cada Macho le chupaba la polla uno o dos sumisos. A Ricky se la mamaban sus hermanos sumisos rubios Luis y Saúl, al Don sus pequeños sumisos favoritos, Thian y Phuo, y a Lio le estaba atendiendo Miele, su propio hermano mayor travestido y hormonado.

Pero entonces vino la tremendísima discusión entre Ricky y Saúl, cuando el primero ordenó al segundo dejarse follar por el perro Drake, y éste se negó de manera tan tajante y explosiva que Ricky le dijo que ya no lo consideraba su esclavo.

Entonces Miele fue a asistir a Luis, el hermano mayor de Saúl, mientras era duramente follado por Drake el perro, Lionardo quedó libre, y no pudo evitar, tras lo sucedido, salir discretamente y caminando despacio del enorme y lujoso salón, mientras todos los ojos estaban puestos sobre el espectáculo de zoofilia que se les ofrecía.

Lio no podía dejar escapar a Saúl. No podía. Imaginarse los siguientes meses… AÑOS… su vida entera… sin tener a ese niñato malcarado de sangre hirviente cerca suyo, y con la posibilidad de abusarlo por todos sus agujeros. Es que era superior a él. No podía. Así que cuando Lio desapareció de la mirada del resto de asistentes a la pervertida y sádica reunión, comenzó a aligerar el paso en dirección al sótano. Saul iba desnudo y no tenía acceso al resto de la casa. Difícil que se hubiera marchado así de la mansión. Necesitaría vestirse primero, pensó. Por eso Lionardo se dirigió a ese lugar.

El italiano descendió por las empinadas escaleras y cuando llegó al sótano y se encontró a Saul frente a él, el corazón le dio un vuelco.

—Saúl —era la primera vez que no lo llamaba por algún apelativo despectivo, sino por su auténtico nombre.

Saúl estaba con los ojos llorosos, inflamado de rabia y odio y tristeza y ofuscación por dentro, arrodillado junto a la maleta que trajo al venir, donde Ricky le ordenó guardar la ropa que traía. Ni si quiera sabía dónde cojones estaba, pero no pensaba quedarse ahí ni medio segundo más. Se asfixiaba. Sentía que mataría a alguien si no se larga ya mismo de ese apestoso lugar de perdición.

—Qué cojones quieres tú ahora…

No. Claro que no quería a Lio ahí. A quien hubiese querido era a Ricky. Pero conociendo a quien había sido su Amo los últimos meses, después de Saúl haberle mandado a la mierda como lo hizo, Ricky lo último que haría sería bajar a buscarle. Claro que era Lio. No iba a ser alguien que le perturbara menos que ese imbécil.

Lio dio un paso hacia Saul y le dijo — No te vayas. Quédate conmigo.

Por un momento Saúl pensó que estaba alucinando. ¿Qué demonios le estaba diciendo Lionardo?

—¿Te has drogado o me tomas por imbécil? —le respondió el rubio, sacando una camisa verde oscura sin mangas de la maleta y comenzando a ponérsela. Joder que raro e incómodo resultaba ponerse ropa, tras tantos días yendo desnudo en su papel de esclavo de Ricky.

Pero Lionardo no bromeaba, ni tampoco se había drogado. Se puso junto a Saúl y lo hizo incorporarse, atrayéndolo hacia si para hablarle con sus cuerpos pegados.

—Sabes perfectamente que nuestros cuerpos se acoplan a la perfección como dos piezas de un puzle. Sabes que cuando te follo soy capaz de elevarte al paraíso. Esto no tiene que terminar aquí porque hayas acabado tu relación con Ricky. Quédate conmigo y sé mi esclavo. Mi único esclavo, sin otros imbéciles que distraigan mi atención de ti. Vivirás en la mansión junto a mí. Y si todo va bien, podemos llegase formalizar nuestra relación y te incluiría en mi testamento vital —uno que se hace en vida del interesado. Vamos, que Lio estaba intentando hasta comprar la fidelidad de Saúl para que éste no se marchara. Lo miró a los ojos y lo cogió de las muñecas— Quédate conmigo, Saúl.

Pero el joven rubio no estaba interesado. Su corazón indudablemente le pertenecía ya a Ricky, así como su lealtad, lo quisiera Saúl o no. Por muy bien que conectara su cuerpo con el de Lionardo, no pensaba quedarse, a pesar de aquella oferta casi millonaria -en cuanto tomara el lugar de su padre el Don sería millonario- más que generosa.

—De verdad que lo siento, Lio. Pero no pienso quedarme —si no puedo estar con Ricky, no quiero estar con nadie.

Saúl apartó sus brazos para soltarse de Lionardo. Solo quería vestirse y largarse de ahí cuanto antes. Pero el italiano no estaba dispuesto a dejarle marchar tan fácil. Si ese cabezota de Saúl no quería entrar en razón y quedarse con él por las buenas… Lio le obligaría por las malas.

En el momento en que el joven rubio de facciones hermosas se giró y se puso de rodillas para volver a buscar en su maleta lo que le quedaba de ropa, Lio le saltó encima cual feroz depredador salvaje de caza en plena selva.

La cara de Saúl dio de bruces contra el colchón sobre el que dormían en el piso los esclavos todos juntos ahí abajo en el frío sótano.

—¡¡AH!! ¡¡PERO QUE MIERDA HACES IMBÉCIL!!

Saúl ya no era un esclavo, ya no tenía por qué obedecer a nadie y menos a ese cabrón desalmado sádico y prepotente que era el hijo del dueño de la mansión en la que estaban. Lionardo se le había tumbado encima de su espalda. Saúl estaba totalmente desnudo de cintura para abajo. Lio solo cubría su cuerpo de Semental con una bata abierta que todo lo dejaba a la vista.

Dada su superioridad en fuerza, su dieta mucho más equilibrada, y que no se pasaba el día recibiendo duros castigos, como los esclavos, Lio pronto pudo reducir a lo bruto a Saúl, sujetándole ambas muñecas por encima de su cabeza.

—¡¡Serás mío lo quieras o no… puta del demonio!!

El jovencito rubio venga a removerse, pero no podía quitarse a Lionardo de encima. Notaba como este se escupió en la mano, se humedeció la dura y gruesa polla y pronto tuvo su palpitante glande pegado a su orto.

—¡No… no lo hagas Lio. No quiero esto…! ¡¡No quiero que me folles más!! ¡YA NO TIENES DERECHO!

Eso era una pura violación.

Dentro del juego de rol de Amos y esclavos que se traían hasta pocos minutos antes todos los presentes en esa casa, a Saul podía gustarle más o menos el chico -u hombre- al que Ricky le ordenara complacer sexualmente, o dejarse martirizar por su egoísta excitación sádica. Pero ya no estaban dentro de esos roles. Saúl tenía derecho a negarse a dejarse follar por Lionardo. Pero éste igualmente decidió hacerlo, cosa que convertía aquel encuentro en una pura violación de Lio a Saúl.

Teniendo en cuenta que las paredes, los suelos y el techo habían sido insonorizados, que no había vecinos en kilómetros a la redonda, y que nadie esperaba que Saúl estuviera ya de vuelta nunca… Pues lo tenía realmente crudo para que alguien viniera a rescatarle.

Joder… es que no importaba si había follado antes con Lio, o si le mamó la polla cuántas veces… ¡¡Ahora había decidido que NO QUERIA!! ¡¡Y eso Lionardo se lo pasó por el forro de los santos cojones!! ¿¿Y luego de eso qué?? ¿¿Lo secuestraría?? ¿¿Lo mantendría incomunicado en contra de su voluntad en esa mansión?? ¡¡Que no le salía de los putos huevos!!

Con el mayor sadismo del mundo, Lio empujó con saña, con brutalidad, con esa gran polla dura como una piedra que había humedecido lo justo para poder metérsela a Saúl. Lo justo. Quería que le doliera, como castigo por haberle rechazado. Por haber escogido a Ricky antes que a él, incluso pagándole. Saúl gritaba, se removía furioso y daba cabezazos, mordía, insultaba apretando su esfínter para no dejarse penetrar por ese malnacido de ascendencia italiana. Lionardo encastó su glande en el orto cerrado de Saúl. Pero por mucho que empujaba, no había cojones de que consiguiera penetrarlo con nada más que eso.

—¡¡NOOOO!! ¡¡DÉJAME LIONARDOOOOO!! ¡¡AAAAAAHH!! —gritaba el rubio.

—¡¡MIO!! ¡¡Vas a ser mío!! ¡¡DEJA DE RESISTIRTE, PUTA!! —le respondió Lionardo.

El italiano le soltó un cabezazo tremendo a Saúl, tan certero que el pobre chico rubio perdió momentáneamente la consciencia. Todo su cuerpo se relajó mientras se le nublaba la vista y le quedaba todo oscuro. Al notar como su polla dejaba de sentir resistencia al avance, Lionardo aprovechó esos segundos en que Saúl perdió el conocimiento para embestir contra él con toda su maldita mala hostia, enterrándole su pollón hasta los santos cojones de un solo movimiento.

—¡¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaahhh Que bieeeeeeeeeeeeeeeeen!!v —gimió Lio, lleno de gusto por empalar a Saúl.

En ese preciso instante el rubio que estaba siendo duramente violado recuperó la consciencia y gritó por el tremendo dolor que le causó la bestial penetración anal de aquel imbécil.

—¡¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHH!! ¡¡BASTA LIOOOO NO SIGAAAAAAS!!

Pero Lionardo ignoró las quejas de Saúl. Como si oyera llover. Le mordió entre el hombro y el cuello, causándole sangre y comenzó a sodomizarlo con una brutalidad inaudita. Jamás antes Saúl se había sentido así con Lio. Jamás lo folló tan salvaje. Ni cuando más cabreado estaba con él. Jamás. La forma que lo penetraba brusca áspera sin un más mínimo de preparación y Saul sin poder hacer nada por no ser follado, era todo demasiado intenso.

Pero el rubio no era alguien que se fuera a rendir tan fácil, así que no dejaba de buscar pelea contra su sádico violador, y Lionardo a modo de respuesta le golpeaba muy fuerte y con saña, le mordía y daba codazos o con las piernas golpes muy certeros.

—Aaaah… sii… te quedarás conmigo para siempre, puta endemoniada… Aaaaahhh… te convertiré en mi saco de semen. En un objeto al que maltratar a mi gusto —como Saúl rechazó a Lio, éste retiró su propuesta de tenerlo como esclavo en exclusiva, colmarlo de regalos y dinero y casi hacerlo un igual. Casi. Ahora las cosas serían muchísimo peores para Saúl. Por cabezota. Por dañar su ego italiano rechazando aquella proposición más que aceptable por su parte.

—¡¡JAMÁAAAAAAS!! ¡ANTES MUERTO! ¡AAAaaAAAaaAAAHH!

Era tan poca la lubricación usada, y fue tan brusco en sus arremetidas, que pronto comenzó a manar un buen reguero de sangre del ano de Saúl, que tiñó la polla de su violador de carmesí. Lionardo penetraba a Saúl con saña, de manera animal, salvaje, despótica.

—Bastaaaaa…. ¡¡BASTA YAAAA!! —sollozaba el joven rubio violado.

Pero nada de lo que hacía o decía enternecía el sádico corazón de su brutal abusador. El colchón bajo ellos estaba manchándose de sangre de ambos, pero mucho más era la sangre de Saúl. La maleta abierta quedó caída de lado y su contenido esparcido por el piso, incluidos sus pantalones de camuflaje. Tan brutal empotraba Lionardo a Saúl que terminó moviendo de su sitio todos los colchones del suelo, esparciéndolos por aquí y por allá.

Por su lado, el de pelo oscuro sodomizaba furioso a Saúl. Las embestidas que le daba se transformaban en salvajes penetraciones de su polla hacia su culo dolorido y lastimado. Lo empujaba tan firme con su cadera que parecía que quería hacerle atravesar el puto suelo. El joven rubio notaba su esfínter arder. Le dolía en cantidad cada penetración, como si la polla de Lionardo estuviera hecha de ardiente y lacerante magma volcánico, y no de dura carne italiana. Su cuerpo quedaba aplastado contra el fino colchón, medio ahí, medio sobre el suelo. La cadera de Lio rebotaba a una velocidad brutal sobre el culo de Saúl, golpeándolo a cada empalada con una fuerza bruta.

—¡¡AAAAaaaaaaAAAaAAaaAAAAAAHH QUE CACHONDO ME PONES PUTAAAAAAA!! —exclamó Lio, llegando al clímax y comenzando a inundar el ano salvajemente violado de Saúl de una interminable corrida.

—CABROOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOON TE ODIOOOOOOOO —fue la respuesta de Saúl, arañando el suelo y el colchón, mientras aquel puto malnacido se le corría dentro. ¡¡QUE PUTAS GANAS TENÍA DE MATARLO EN SERIO!!

La cosa habría seguido de manera distinta si no hubiese pasado lo que sucedió a continuación.

De golpe y porrazo se escucharon unos ruidos en el piso de arriba.

—¿Disparos…? —se preguntó a sí mismo Lionardo, pues a eso le había sonado. ¿Y esas voces altas? ¿¿Qué estaba pasando en la mansión??

Lionardo se apartó de Saúl y cogió su teléfono móvil, conectándolo a las cámaras de seguridad de la mansión. Ante los ojos del enfurecido Saúl y el sonriente Lionardo, vieron lo que sin duda era…

—¡La policía! ¡No puede ser!

Cuando Lionardo apartó su polla del culo de Saúl, comenzó a rezumar de éste una grandiosa cantidad de semen italiano mezclado con bastante sangre rubí de Saúl. El rubio cogió una sábana y se limpió su ano ardiente y dolorido, vistiéndose a la velocidad del rayo con el pantalón de camuflaje.

A Saúl poco le importaba la feroz discusión con Ricky que tuvo, y la violación de la que acababa de ser víctima, o los tremendos pinchazos que sentía en todo su orto y piernas y nalgas… Solo le importaba ayudar a Ricky y que a este no se lo llevara preso la policía. Por mucho que se hubiera cabreado con él y lo mandó a la mierda… Saúl siempre guardó en su corazón la posibilidad de poder volver a ser el esclavo de Ricky en un futuro. Pero eso no sucedería si encarcelaban al perro callejero. Y bueno… aunque no lo reconocería ni muerto… algo preocupado también estaba por el imbécil de Luis, su hermano mayor.

Lionardo en cambio no pensaba en nadie más que en sí mismo. Ni si quiera que su padre, o hermano mayor hormonado estuvieran en el piso de arriba, le hizo plantearse ni por un momento el quedarse a ayudarlos y plantar cara por ellos. Que va. El italiano egoísta le dijo a Saúl, a quien acababa de violar salvajemente:

—La mansión tiene varios pasadizos y puertas secretas. En el sótano donde estamos también, evidentemente. Yo sé dónde están todos y tengo acceso a ello.

Saúl alucinaba con Lio. ALUCINABA con ese imbécil. Se le había caído a los pies. Lionardo intentó una última vez que ese idiota que le tenía robada el alma se viniera con él:

—Vente conmigo. Huyamos juntos. No Soy rico como mi padre, pero tengo el suficiente dinero como para poder mantenernos a los dos. Lejos de toda esta mierda.

—¿Estás mal de la cabeza o que cojones te pasa? ¡Hay tiros ahí arriba! ¡¡Tu familia o la mía podrían estar muriendo!! ¡Ricky podría estar en peligro! ¡No me pienso marchar de aquí! —rugió Saúl, cabreado por el comportamiento egoístas de Lio.

—Tsk… ¡Por mi mejor si mi padre y mi hermano mueren! Así heredaré antes el imperio que creó mi progenitor, el Don. Además, ese imbécil me tiene harto tratándome como a su puta particular… ¡¡Se merece que le peguen un buen tiro en la cabeza por tanto obligarme a dejarme follar por él!! —Lionardo abusar de quien fuera, eso era correcto. Pero dejar a su padre que le metiera la polla… eso no lo soportaba.

—Olvídame Lio. No quiero saber nada más de ti. Lárgate lejos. Yo me quedo. Aunque me vaya la vida —dijo el rubio muy serio.

—Mira que eres idiota, Saúl —fue lo último que dijo Lionardo antes de salir por un pasillo que apareció tras una puerta oculta que pudo abrir con su huella dactilar en el lugar adecuado. Tanta prisa tenía por largarse de ahí, que ni se vistió. Con bata y desnudo huía Lio.

Saúl quedó solo ante el peligro. Pero no era alguien cobarde.

El chico rubio intentaba recordar si había visto armas de fuego por la casa. No iba a presentar pelea sin ir armado. Pero no le sonaba. Lo que si había repartido por toda la maldita mansión era un arsenal de objetos BDSM. Quizás podría utilizar algo de eso para ayudarse a pelear contra la asquerosa policía, ya que por lo visto tenía que hacerlo solo y sin la ayuda del cobarde de Lionardo. Pero no iba a ser fácil. Primero tenía que conseguir salir de ahí. Ver cuántos eran. Donde estaban. Si localizaba a los habitantes de la casa. Respiró hondo. No podía estresarse antes de comenzar, o la cagaría y eso podía representar la muerte de Ricky, de Luis, Don Romannetti, Thian, Phuo, o Miele.

Recordó el día que el imbécil de Lionardo lo sodomizó, torrándolo mientras cabalgaba. Recordaba la caballeriza. Látigos de cuero. Fustas. Era un buen primer lugar donde intentar conseguir un arma cualquiera.

viernes

Ricky, el perro callejero #24

EL VIAJE. DIA 3 (parte 4). Saúl hace enfadar a su Señor Ricky por culpa de Leonardo. Esto tendrá catastróficas consecuencias para el sumiso. Zoo con Luis y Drake el pastor alemán de la familia Romannetti.


Tras lo sucedido en la piscina, los sumisos entraron a la mansión y se ducharon. Los Sementales seguían sentados a la mesa, bebiendo y hablando, hasta que vieron por la cristalera del comedor que los esclavos ya estaban ahí, listos para una nueva ronda. Aunque más de uno y de dos habría estado encantado de poder echar una buena siesta.

Ya era tarde cuando la comitiva de Amos se dirigió al salón principal, el que había visto Ricky al llegar allí la primera vez que puso un pie en la mansión, que estaba decorada de manera tan lujosa y que tenía una chimenea, ahora encendida, aunque no hiciera especialmente frio. Así el ambiente sería más agradable, y cuando estuvieran todos desnudos y follando como animales les ayudaría a mantener la temperatura corporal correcta. Drake, el pastor alemán de la familia, estaba tumbado sobre la enorme alfombra, justo en frente del fuego. Era grande, robusto, de pelaje color café con leche y manchas negras. Intimidante y hermoso.

Alrededor del perro, frente a la chimenea, había dispuestos tres grandes sofás blancos, muy cómodos y caros. Don Romannetti se sentó en el asiento central, Lionardo en el de su derecha, y Ricky, el perro callejero, en el sofá de la izquierda. Todos los sumisos estaban desnudos. Los Sementales cubrían sus cuerpos con batas de marca sin atar. A cada Macho le chupaba la polla uno o dos sumisos. A Ricky se la mamaban sus hermanos sumisos rubios Luis y Saúl, al Don sus pequeños sumisos favoritos, Thian y Phuo, y a Lio por descarte se la chupaba su propio hermano mayor travestido y hormonado apodado como Miele. Los Dominantes tomaban licores caros, fumaban y hablaban de sus negocios, ignorando a las bestias que se afanaban por hacerles la mejor mamada del mundo, pero sin prisas. La noche era muy larga.

Estaban cada uno inmersos en sus propios asuntos cuando Drake se puso en pie y se acercó a paso tranquilo hasta Miele, el hijo travestido y hormonado de Don Romannetti, que estaba arrodillado sobre la alfombra, mamándole la polla a su hermano menor Lionardo. Al notar la nariz tan fría y húmeda del animal en su culo, Miele dio un pequeño respingo, pero ni se giró a mirar qué pasaba, ni se sorprendió porque el pastor alemán de la familia estuviera oliéndole el trasero con curiosidad pervertida.

La falta de reacción por parte de Miele hizo sospechar a Ricky, que no era idiota, y menos en tema de sexo.

“¿Don Romannetti, soléis usar a Drake en vuestras sesiones de sexo?” le preguntó sin más a su anfitrión, lleno de curiosidad.

Al decirlo, todas las miradas se clavaron en el perro y en el travestido que le permitía olerle sin preocuparse por ello. Luis y Saúl miraban a la extraña pareja de reojo. El mayor de los hermanos, el más sumiso, y que había establecido una relación de cariño por Miele, sintió pena por el chico y por las cosas que debía haber soportado por complacer a su Semental, el Don. Luis, en cambio, que era igual de listo que su Dueño, el perro callejero, sabía que allí había peligro. Que un Amo diese a otro ideas de futuras torturas humillantes y espantosas como dejarse follar por un animal… eso no podía traer buenas consecuencias. Seguro.

“Si, amico Ricky. Un día estaba aburrido de follarme a Miele, y al ver a Drake se me ocurrió que podrían darme un buen espectáculo si los juntaba. Y vaya si me lo dieron jajaja” le respondió el pervertido.

Evidentemente, en aquel momento todos se imaginaron dicha escena. Bueno, los invitados que no la habían presenciado, es decir Ricky, Luis y Saúl. El resto había estado presente y lo rememoraron.

Los ojos del perro callejero pasaban de sus sumisos arrodillados a sus pies que le mamaban la polla con devoción, al perro que lamía el ano de Miele, y luego de vuelta a los chicos rubios. Estaba claro que no se iba a marchar de aquella mansión sin haber probado la idea que le dio el Don en alguno de los dos muchachos, o quizás con ambos. Nunca podía saberse lo que le estaría pasando por la cabeza a Ricky.

El malvado y sádico Lionardo, que seguía resentido con Saúl por haberle visto siendo follado por su padre de la manera más humillante, no perdió la ocasión de meter baza y crear un desempate en la duda de su colega Semental.

“Apuesto mi coche nuevo a que la Puta insaciable no es capaz de soportarlo” dijo Lio.

Ricky había visto su auto, un Maserati. Aquel coche costaba el doble del sueldo anual de cualquier trabajador de clase media.

“¡Trato hecho!” dijo Ricky sin pensárselo “Si Saúl soporta la follada del perro, tu coche será mío” y añadió “Y si no lo hace... Por mi como si te lo quedas” se refería al sumiso Saúl, claro.

Al escuchar aquello a Saúl se le pusieron los ojos como platos. Le recorrió un enorme escalofrío de lo más desagradable. No podía ser verdad lo que había escuchado. En realidad, si Ricky dijo aquello no era porque quisiera deshacerse del más joven de sus esclavos, sino para que Saúl espabilara y le obedeciera de manera ciega de una maldita vez. Su vena rebelde había sido entretenida al principio, pero ahora que tenía que lucirse ante otros Amos no pensaba dejarle pasar ni una al rubio. Por su lado, Lionardo alucinó con las palabras del perro callejero. Si conocía a Saúl, su enorme ego le impediría acatar con aquella humillantísima orden, que encima había sido idea de él, el Macho que Saúl más detestaba de todos en esa casa.

Luis por un lado se sintió aliviado por no tener que ser él quien soportara la follada del perro. No solo por lo degradante y asqueroso del asunto, si era por complacer a Ricky él haría cualquier cosa que le ordenase, pero tras los últimos castigos, con el cuerpo lleno de heridas por látigo, el orto increíblemente dolorido por cuando le metió el mango de la herramienta de la piscina por ahí atrás… no se sentía con fuerzas para poderlo superar. Y no quería volver a desmayarse a media sesión. Eso también era una vergüenza para él como sumiso. Pero, por otro lado, sintió una gran tristeza por su hermano menor Saúl. Sabía que aquello no le haría ni puta gracia. Solo esperaba que el joven esclavo fuera capaz de controlar su mal genio habitual, y no se ganase otro castigo.

Saúl sintió una intensa rabia en su interior cuando escuchó las palabras de Lionardo y la aceptación inmediata de su Señor Ricky, y lo que había apostado él. Sabía que aquel cabronazo de Lio sólo lo había hecho para joderle la existencia. Como su padre lo humilló públicamente sodomizándolo en la piscina, y él lo vio y lo disfrutó, ahora quería devolverle la putada con algo realmente denigrante como ser humano, como dejarse follar por un puto pastor alemán. Odiaba a Lio con todas sus fuerzas joder. Era un maldito imbécil. Y él también estaba muy dolorido por todo su cuerpo por las descargas eléctricas del castigo anterior, los brazos todavía los sentía entumecidos y por no hablar del terrible dolor palpitante y casi inhumano que traía en su ano.

“Interesante apuesta. Miele, figlio, ayuda a Saúl a colocarse, tú que tienes más experiencia. Que todos lo veamos bene” ordenó Don Romannetti a su hijo mayor travestido y hormonado.

Miele se incorporó y se acercó al trio del sofá de al lado. Cuando Saúl se puso en pie, dirigiendo una mirada de puro odio e indignación, primero a Ricky y luego a Lio, lo llevó hacia el centro de la alfombra, situada entre los sofás. Le sujetaba del brazo y se lo acariciaba suave de manera discreta. Miele le había cogido mucho cariño al hermano mayor de Saúl, Luis. Y no era sádico, ni deseaba el mal a nadie. Le sabía mal que el pobre crío tuviera que pasar por aquella dura experiencia. Pero así era la vida de un sumiso, siempre a merced de lo que sus Machos desearan hacer con sus cuerpos.

Era muy práctico que los sumisos siempre anduvieran desnudos, así no hacía falta preocuparse por quitarles la ropa. Miele hizo arrodillar a Saúl en medio de la sala y le dijo.

“Voy a buscar algo para ponerte encima y que no te dañe con las uñas” luego, acercó su boca dulce al oído del menor y añadió susurrando solo para que el sumiso rubio le escuchara “No tengas miedo. Lo peor es solo al principio y al final, cuando se corre, con esa bola enorme. Pero pasa muy rápido. En pocos minutos estará listo para correrse.”

No le mentía. Drake siempre se comportaba de la misma forma, para alivio del sumiso que le hubiera tocado recibir su extraña polla de perro en el culo. La metía, embestía durísimo, y en seguida eyaculaba. El momento de quedarse enganchado con la enorme bola de la corrida era quizás lo peor, y más largo. Doloroso y humillante, pero soportable. Eso pensaba Miele, y también Thian y Phuo que evidentemente, también habían catado las mieles de la zoofilia de la mano del retorcido de su Macho.

Saúl permaneció arrodillado, quieto y callado a la vista de todos. Los sementales seguían con la charla mientras Miele ultimaba los preparativos. El joven sumiso rubio, lleno de una intensa rabia y humillado hasta el infinito, no paraba de darle vueltas en la cabeza “Ricky me está vendiendo por un jodido coche… Eso es lo único que le importa… Como puede hacerme algo así… Meterme en la apuesta ¿¿Y qué pasará si no lo hago?? ¡¿¡¿REALMENTE RICKY ME REGALARÁ A LIONARDO?!?!” y cientos de pensamientos de parecida índole.

Seguramente, si Lio no existiera, si no estuviera presente y Ricky hubiese tenido esa idea por sí mismo, a Saúl le habría costado acatar la maldita orden de su Semental, pero habría terminado rindiéndose a su Señor. Pero en la situación en la que se encontraba, se veía a sí mismo a cuatro sobre el suelo, y con ese puto perro sodomizándolo, mientras Lionardo le miraba y se reía de él en su cara… disfrutando de aquella humillación que él mismo había concertado… es que le hervía la puta sangre de pura rabia. No podía consentirlo. Su ego no le permitía aceptar esa situación de manera humilde y sumisa.

Por ese motivo, cuando Miele apareció con un chaleco de cuero grueso, lleno de arañazos porque era el que él solía usar cuando Drake le sodomizaba, para protegerse la espalda de sus garras, Saúl decidió de manera impetuosa que no pensaba hacerlo. No le salía de los putos huevos. Se puso en pie de un salto, golpeó la mano del travestido con la que sujetaba el chaleco, y lo tiró al suelo. Todos le miraron sorprendidos.

“¡A la mierda Ricky! ¡No puedes obligarme a hacer esto!” exclamó lleno de ira.

“¿¿¿Quién cojones te crees que eres tú para replicarme así, mierdecilla de mocoso???” le respondió el perro callejero, muy cabreado.

Ricky se puso en pie también, apartando a Luis que se la mamaba, y se acercó a Saúl, amenazándole.

“¡Ponte ahora mismo a cuatro sobre el piso y déjate follar por el puto perro o…!” le dijo.

“¡¡¿¿O QUÉ??!!” gritó muy alto el menor de los hermanos rubios, interrumpiéndole.

“¡¡O tú y yo hemos terminado!!” sentenció Ricky.

La habitación quedó en completo silencio.

“¿Qué has dicho, Ricky…?” preguntó Saúl incrédulo.

“Me has escuchado perfectamente. Tienes dos opciones. ¡Uno! Te arrodillas y dejas que el perro te folle, o ¡Dos! No lo haces, pero entonces dejarás de ser mi esclavo” le replicó muy firme su Dueño.

La amenaza de Ricky dejó a todos anonadados. No pensaron que llegaría tan lejos. Ninguno. Todos creyeron que le castigaría por su rebeldía y punto, como había hecho hasta ahora. Pero el perro estaba hasta los cojones de la fuerte rebeldía de su sumiso más joven. Evidentemente que perder el coche de lujo era una putada para él. Pero no era ese el motivo que le llevó a mostrarse tan radical con Saúl. Ese mocoso bastardo debía aprender de una maldita vez quién era el puto Amo allí, y quien el mierda de sumiso. Lección que estaba más que claro que no había aprendido hasta la fecha.

Saúl tragó saliva y susurró con amargas lágrimas en sus orbes “¡¡Que te den, Ricky!!”

Tras aquello, salió a paso muy rápido de la estancia, dirigiéndose al sótano donde dormían, porque era el único lugar de la mansión a la que tenía acceso, y que sentía como refugio, al menos mientras descansaba. Se tiró al suelo cubierto de mantas, con los brazos cruzados y la cara apoyada sobre ellos, y se puso a llorar por un torrente que le bullía por dentro de ira, rabia, desesperación, vergüenza, tristeza, culpabilidad y enorme angustia. Nadie corrió tras él para detenerle. Él solito había tomado esa terrible decisión por orgulloso.

Luis, su hermano mayor, había presenciado la escena con pasmo. No se lo podía creer. Había sentido celos de Saúl algunas veces, pero a esas alturas ya estaba más que acostumbrado a que fuesen dos, él y su hermano menor, los sumisos de Ricky, y no lograba imaginarse un futuro sin él.

“Aunque haya perdido la apuesta, no nos quedaremos sin espectáculo” dijo entonces el perro callejero, como si la huida de su sumiso más joven no le importara lo más mínimo. Claro que lo hacía, que le importaba. Pero él era el Amo, y un Amo no corre tras su sumiso, sino al revés.

“Cerda comepollas, ponte en el suelo. Drake te follará a ti” sentenció.

Luis, pálido, se acercó a Miele y recogió la prenda de cuero del suelo, dándosela. Se arrodilló de manera diligente, y dejó que el hijo mayor del Don le pusiera aquel chaleco encima. Tenía mucho miedo por lo que pudiera pasar, asco por dejarse follar por un perro, y tenía todo el cuerpo muy dolorido, sobre todo su culo, pero después de lo que acababa de pasar, se mostraría mil veces más sumiso de lo habitual. Sabía que Ricky ahora mismo tendría un cabreo de mil demonios, y no quería pagar los platos rotos por su hermano menor Saúl.

“Gracias” susurró Luis a Miele, y le sonrió con cariño. Él le sonrió de vuelta. Y fue a por el perro.

En ese momento Lionardo se puso en pie “Disculpadme” y salió del salón.

“Drake, lecca il culo al ragazzo” ordenó Don Romannetti cuando el can estuvo al lado de Luis.

El enorme chucho amorró su hocico al culo del chico, y obedeció la orden que le acababa de dar su dueño, lamiéndoselo con pasión.

El esclavo Luis notaba extraño, porque no era desagradable. Si hubiera tenido los ojos vendados no habría sabido diferenciar si quien le comía el culo con semejante ahínco era humano o animal, a no ser por esa nariz mojada y fría que le hacía tener presente en todo momento que era un maldito perro quien se lo comía. Tras el desconcierto inicial, el sumiso rubio respiró hondo y se relajó. Si Miele y los jóvenes Thian y Phuo habían pasado por eso, él también podía. Más si su Amo Ricky, el perro callejero, era quien lo había ordenado y lo deseaba. Sus deseos de Macho eran los suyos propios de esclavo, por mucho asco, dolor, o incomprensión que sintiera. Su devoción a Ricky superaba todo lo negativo.

“¡Drake, fai sesso!” ordenó el Don, tras unos minutos de dejarle mamar culo de esclavo.

Luis no entendió aquella orden en italiano, pero el perro sí. Dejó de comerle el orto al muchacho y de pronto le saltó encima, situándole ambas patas delanteras sobre los hombros. Suerte del chaleco, o el can le habría hecho verdadero daño con esas garras temibles que tenía. Drake lamió la nuca del sumiso rubio, soltándole el aliento junto a su cuello, y comenzó a dar embestidas contra su trasero, tratando de acertar en ese orificio que el perro todavía no había probado.

La polla del perro era tremenda. Era realmente gruesa, y color rojo intenso. De glande plano y algo acabado en punta. Estaba llena de pequeñas venas oscuras. Los cojones eran una sólida bola en la base del mismo, el doble de ancha que el resto de su enorme pollón de can.

Drake embiste una y otra vez contra el culo del esclavo rubio, hasta que finalmente, el perro nota como su dura polla de animal penetra dentro del cálido orificio.

“AaaAaaaaahh…” Luis clava las uñas en la alfombra, inclina la cabeza y baja su torso, como una buena perra sumisa de su Semental canino.

El perro sitúa ahora sus peludas patas delanteras contra las caderas del esclavo y sin sacarla, empuja con mucha fuerza contra su sumisa presa. Tres empotradas duras más tarde ya tiene metida su polla dura en el ojete de Luis hasta las malditas pelotas.

“AaaaAaaaaAaaahhh” el rubio jadea cada vez más fuerte, al tiempo que el ritmo de las embestidas del pastor alemán se intensifican, destrozándole el orto que ya traía dolorido.

“Molto bene. Buon cane, Drake” felicitó el dueño a su pastor alemán.

Todos observaban fascinados como el estrecho culo del esclavo engullía de manera golosa esa polla animal, de manera totalmente sumisa.

Ricky no podía sacarse de la cabeza al idiota de Saúl. Se estaba machacando la polla con ira mientras veía a su sumiso Luis siendo humillado y sodomizado por el perro de Don Romanetti. Estaba muy excitado por el espectáculo, pero también sumamente cabreado con su otro esclavo, el hermano pequeño de Luis.

Drake, con la lengua fuera, jadea intenso mientras empotra con todas sus jodidas ganas al esclavo rubio, que siente arder su culo maltratado. Gracias a los Dioses, el perro excitadísimo embiste durísimo unas pocas veces más, entonces deja incrustada su pollaza gordota en lo más hondo de las entrañas de Luis y comienza un suplicio insoportable para el sumiso.

“AAaAAAaaAAaaAAAAahhh” el pobre esclavo no puede evitar aullar de dolor, pero se mantiene quieto para no enfadar más a su Macho Ricky.

El enorme bolón que son los cojones del pastor alemán comienza a introducirse muy despacio dentro del orto del rubio, que ahora siente que su culo está siendo partido en dos. Cuando pensaba que las cosas no podían ir a peor, Ricky lleno de ira ordenó a su esclavo:

“¡Ven aquí ahora mismo y chúpame la polla!” exigió con voz autoritaria.

Drake se le había bajado de la espalda, y estaba culo con culo con él, enganchados por esa tremenda bola que notaba todavía incrustada dentro de él.

“Ssi Amo Ricky” susurró Luis.

El rubio comenzó a gatear como pudo hacia su Macho, teniendo que tirar del cuerpo de Drake, que quería irse en dirección contraria, pero no podía porque estaban enganchados por su puta polla. Suerte que el Semental no estaba demasiado lejos. Al fin Luis llegó al sofá y se situó entre las piernas separadas de su Dios, metiéndose de golpe su polla divina dentro de la boca y comenzando a mamársela como si no existiera el mañana.

“HhhhHhhHhhhhmmm” de la garganta del rubio emanaban jadeos ahogados.

Ricky le agarró con saña del pelo y comenzó a follarle la boca y su garganta con violencia extrema, como si fuera el impertinente de Saúl y no Luis a quien se lo hiciera. Tan cabreado y excitado estaba el perro callejero que comenzó a eyacularle dentro de su cavidad bucal al mayor de sus sumisos en un tiempo récord.

“¡¡AAaAAAaAAAAaAAH!! ¡¡SI JODEEEEEER!!” aulló el Macho.

Y justo en ese preciso instante, la bola que Drake tenía incrustado en lo más hondo de su culo explotó, llenándole las entrañas a Luis de ardiente leche animal. Notándose ya desenganchado, el pastor alemán salió muy rudo del interior del rubio, provocándole más dolor y un reguero de sangre y semen canino rezumando de sus palpitantes y doloridas posaderas. Y sorprendentemente, incluso para el propio sumiso, Luis llegó al clímax en esa situación tan extrema, dolorosa, humillante y extraña.

Ricky, el perro callejero #23


El viaje. Día 3 (parte 3). Los Sementales y sus sumisos, se divierten juntos con un juego en la piscina, que tendrá crueles consecuencias para los perdedores. De momento va ganando el equipo de Luis, quien acaba de recibir un premio especial por parte de su Macho por ser siempre tan buen esclavo. Ahora les toca el turno de competir en la piscina a los jovencísimos esclavos Thian y Phuo.



Enrabietado con su hermano Luis por ser tan asquerosamente obediente, con Lionardo y Ricky por ser unos tramposos y básicamente con el mundo entero, Saúl se salió de la piscina y permaneció de pie a la espera de ver cómo terminaba aquella competición de mierda de sumisos. No podía sentarse porque todavía llevaba puesto el plug anal negro hinchado varias veces durante la carrera, y que había más que doblado su tamaño.

“¿Tutto bene?” preguntó Don Romanetti, el dueño de la mansión y padre de Lionardo y el andrógino Miele. El Don había detenido la música cuando vio que los muchachos discutían, para que no se pasara el tiempo determinado para las carreras.

“Si, todo bien” respondió Ricky, cabreado con Saúl, el impertinente bocazas de su sumiso. Su otro esclavo, Luis, de quien se sentía más orgulloso y le acababa de regalar un beso profundo y una rica corrida, salía de la piscina con cara de bobito enamorado, para permanecer de pie junto a su hermano menor Saúl, pues él también tenía el culo a rebosar con el plug vibrador hinchado, éste rosa, que llevaba y que le impedía sentarse.

“Excelente. Thian, Phuo. Es vuestro turno. ¡Buona fortuna para ambos!” se despidió de los muchachos a los que había estado manoseando mientras Saúl y Luis competían.

Los jovencísimos muchachos fueron a meterse a la piscina, silenciosos y solemnes como eran ellos.

Phuo llevaba un vibrador negro, como el otro miembro de su equipo de sumisos, Saúl, el perdedor de la carrera anterior. Así que fue a situarse frente a Lionardo, el hijo menor del Don, quien sostenía el mando negro en su mano.

Thian llevaba un vibrador rosa como el de Luis, el hermano mayor de Saúl, y vencedor casi obligado de la etapa anterior. Se colocó delante de Ricky, quien agarraba el mando rosa.

Ambos muchachos eran tan bajitos que no llegaban a tocar el suelo sin hundirse dentro del agua. Lo iban a tener mucho más complicado que Luis y Saúl, pero ellos contaban con la ventaja de haber sido educados desde su nacimiento por su Dueño, Señor, Don Romanetti, y estaban más que acostumbrados a los peores castigos, humillaciones, dolor y sufrimiento. Aquello de nadar de punta a punta de la piscina con el plug metido dentro de su culo hinchándose a cada cambio de canción casi resultaba un alivio, unas tranquilas vacaciones, en comparación a los terribles tormentos que solían sufrir en su día a día. Cuando el asunto había resultado una terrible pesadilla para los pobres Luis y Saúl, nada acostumbrados a los malos tratos tan crueles por parte de Ricky, el perro callejero, su Semental.

En esta ocasión Miele no podía sujetar a Luis y Saúl como había hecho con Thian y Phuo, pues ella (él) era muy débil, y aunque los rubios eran esbeltos, imposible cargar con ambos a pulso y por media hora o más tiempo. Con los prepúberes Thian y Phuo había sido relativamente fácil porque pesaban muy poquito, como unas plumas.

Por ese motivo, Don Romanetti pidió ahora que se situaran de manera distinta para ver la segunda carrera de la competición.


“Miele, date la vuelta y siéntate sobre mi polla mirando hacia la piscina” su hijo mayor andrógino con tetas y cuerpo espectacular de hembra, pero con una pollita entre sus piernas, obedeció completamente sumiso a su progenitor. El Don llamó a los dos sumisos de Ricky “Puta insaciable, Cerda comepollas, aquí” y ellos acudieron raudos.


Don Romanetti alzó sus piernas y las apoyó estiradas sobre la tumbona. Miele tenía su polla empalada dentro de su prieto esfínter de ninfa, con su espalda contra el pecho de su padre. Saúl y Luis se tumbaron muy juntos, en perpendicular sobre las piernas del Semental de más edad que había en el lugar, y dueño de todo allí. El Don empujó la espalda de Miele para que agachara su torso, apoyando sus tetas encima de la espalda de uno de los muchachos rubios. Ahora Don Romanetti tenía a mano y a la vista el culo relleno de su propia polla de su hijo Miele, y los culitos preciosos rellenos de plugs rosa y negro hinchados bastante de los dos sumisos preciosos de su invitado Ricky, el perro callejero.

“Mira figlio, como tienen de hinchados sus anos” el Don pasó su manaza abierta por encima del otro de Saúl, y presionó levemente, notando como éste se estremecía y soltaba un pequeño quejido de dolor.

De pronto, Don Romanetti agarró a la puta de su hijo mayor por la nuca y le soltó un puñetazo “¿¿Te he pedido que pares, porca di merda??” increpó al andrógino, quien se había quedado anonadado viendo aquellos abultados traseros rellenos con los plugs súper inflados, que parecían a punto de estallar por dentro.

“No ¡Perdóname padre!” imploró su hijo, sin poderse incorporar, porque le taparía las vistas a su Macho, así que como buenamente pudo en la posición que estaba, solo podía mover su cadera, manteniendo quieto el resto de su cuerpo de ninfa, y así Miele continuó sodomizándose solo el pollón duro y grueso de su padre, quien ahora se entretenía maltratando los doloridos ortos de Luis y Saúl, moviendo y apretando los consoladores que tenían insertados en sus rectos.

A una señal de Lionardo, su padre el Don cogió el móvil para que volviera a sonar la música “El juego empieza en tres... dos... uno... ¡YA!” y esta vez pellizcó los cojones de Miele muy fuerte, retorciéndoselos, para que su hijo mariconazo travestido gritara “¡¡AAAAAAAAAAH!!” dando la salida. Accionó el teléfono para que comenzara a sonar la música.

Acto seguido, Thian y Phuo, situados a cada extremo de la piscina, se hundieron dentro del agua, cada uno mamando la polla del Semental que le había tocado, el primero a Ricky y el segundo a Lio.

Para que el plan de Lionardo saliese bien, y Saúl se llevara el castigo más doloroso, tenía que conseguir que Phuo, que era quien hacía de pareja con Saúl en ese juego, perdiera. Debía ponerle las cosas fáciles a Thian, quien pertenecía al equipo de Luis. Realmente, el joven bastardo sádico no sentía ni pena ni gloria por estar involucrando a una tercera persona en aquel asunto personal que tenía con Saúl, y con sus ganas de maltratarle hasta límites inimaginables. Provocar que Phuo perdiera y recibiera dicho castigo era un mal menor para conseguir un bien mayor bajo el egoísta punto de vista del Semental.


Lio prácticamente le follaba la boca a Phuo, y cuando la música dejó de sonar, le avisó sutilmente con una señal por debajo del agua con su mano. Phuo salió disparado nadando hacia la otra punta de la piscina, donde le esperaba Ricky, y Thian, que acababa de estar comiéndole la polla al perro callejero, ahora nadaba con brío en dirección a Lionardo. Por el camino, ambos hermanos asiáticos prepúberes notaron como sus dildos se inflaban dentro de su culo, accionados por los mandos a distancia que poseían ambos sementales que participaban en el juego.


“Queda poco tiempo ya” avisó Don Romanetti, con su polla metida dentro del culo del pobre Miele, que en la postura que estaba ahora, con su torso inclinado hacia abajo, era imposible que viera nada. Pero el muchacho podía imaginar por lo sucedido en la carrera anterior quien iba a ser el ganador. Si su hermano menor Lionardo anhelaba ver perder al equipo de Saúl, el pobre sumiso rubio no tenía opción de librarse del castigo. Sin que su padre se percatara, y manteniendo un ritmo tranquilo de movimientos de su cadera, el andrógino ángel llamado Miele acarició muy sutilmente con sus dedos las pantorrillas y lumbares de Saúl, que era el esclavo que permanecía tumbado boca abajo sobre las piernas del Don, junto a Luis, en perpendicular a éste y la butaca en la que estaba situado.

Los jovencísimos hermanos asiáticos cruzaron a nado unas pocas veces más la piscina, de polla de Semental a polla de Semental. Tanto Lionardo como Ricky volvían a estar ya empalmados y listos para correrse. Thian, con el consolador rosa como el de Luis, se sumergió y comenzó a devorarle la polla a Ricky como si no existiera el mañana. Parecía que Miele no había sido el único en intuir las oscuras intenciones del Macho Lio. Al otro extremo de la piscina, Phuo con su consolador negro incrustado en su orto de prepúber, había comenzado a comerle la polla a Lio con todas sus ganas, pero recibió un pellizco en el costado. Así que comprendiendo su muda petición, continuó haciendo ver que mamaba la polla de Lionardo, pero en realidad los labios del crío asiático no llegaban a tocar la polla del Semental, así que Lio no tuvo problemas para contenerse la corrida, hasta que se aseguró que Ricky se había corrido antes que él. Cosa que sucedió más pronto que tarde.

“AaaAaaaAaahh... siii... Joder la boca de estos críos es tan gozosa de follar como sus jodidos culos” dijo el perro callejero, sujetando de pronto la cabeza de Thian para follársela duro y rápido a su gusto unas cuantas y potentes embestidas, hasta que finalmente Ricky se corrió en su boca “¡¡AaAAaAAAaAAAaHH!!”


Thian, con cierto aire de orgullo en su semblante impasible, emergió y abrió la boca, mostrándoles a Don Romanetti y a su hijo Lionardo el semen del perro callejero. El Don aplaudió y le dio permiso al menor para que lo tragara, cosa que él hizo sin pensárselo dos veces.


“Tienes toda la razón Ricky. Estos críos valen su peso en oro... bueno, más jajaja” bromeó, porque pesar pesaban poco. Entonces Lio le puso todas sus ganas a la follada de la boca del jovencísimo asiático y terminó corriéndose de puro gusto en ella “¡AaAAaAAAAaAAAah!” más por saber que estaban a punto de aplicarle un duro castigo al insoportable de Saúl, que realmente por estar abusando de la boquita del esclavo de su padre, que ya tenía muy vista y probada.

“Il gioco ha terminado” sentenció el dueño de la casa, y palmeó los traseros de Saúl y Luis “Levantaos” se dirigió a Miele, que seguía empalado sobre el duro rabo de su padre, sin haber conseguido que se corriera, pero a veces eso sucedía con el Don. Follaba tantísimo a lo largo del día, y se corría tanto, que a veces solo quería mantener la polla en un lugar caliente y agradable, pero sin intención real de buscar el orgasmo, solo el placer por el placer. Así que Miele no se sintió mal por esa orden “Tú también figlio. Todos en pie”


Don romanetti se quedó sentado en la butaca, Ricky y Lionardo salieron de la piscina, seguidos por Thian y Phuo.

Mientras Saúl y Phuo recibían su no tan bien merecido y doloroso castigo, los sementales se sentaron a la mesa exterior

Luis y Miele comenzaron a preparar la carne y las verduras a en la barbacoa. Pronto el delicioso aroma de la carne cocinándose llenó las fosas nasales de los presentes. A Luis le sonaron las tripas. Pero sabía que la escoria como él no tenía derecho a disfrutar de manjares como esos.

“Luis, Thian, venid aquí” les ordenó Don Romanetti.

Ambos muchachos se acercaron a la mesa y se quedaron en pie mirando hacia el suelo en actitud totalmente sumisa. Habían sido bien entrenados por sus respectivos Machos, Ricky y el Don, respectivamente.

“Dijimos que los ganadores del juego tendrían un premio” señaló dos sillas vacías “Sentaos. Comeréis con nosotros” les dijo el dueño de la casa. Luis se sorprendió más que el impasible Thian.

“Pero no podéis quitaros los plugs. Comeréis con ellos puestos” advirtió el perro callejero.

“Ssi, claro. Sería... ¡gracias!” dijo Luis, con una gran sonrisa y emocionado, aunque fuese a resultarle incómodo comer así.

A continuación, los jóvenes esclavos ganadores tomaron asiento muy cuidadosamente.

Miele les puso platos y vasos a los muchachos y luego comenzó a dejar sobre la mesa los pedazos de suculenta carne a la brasa, junto a las verduras, a medida que se iban haciendo al punto.

Los Sementales Don Romanetti y Ricky junto a los sumisos ganadores Luis y Thian, disfrutaban del vino y la comida. Bueno, en realidad el joven asiático prepúber no comía demasiado, más bien mareaba la comida. Cuando el Don se dio cuenta, dejó de comer y le preguntó “¿Quieres tu salsa especial sobre la carne, Thian?”

El muchacho asintió silencioso y serio. Era tan pequeño que apenas si llegaba a la mesa.

El Don torció la sonrisa en una más malvada “Pues sírvete tú mismo”

El menor cogió su plato, bajó de la silla y se arrodilló entre las piernas de su Dueño. Mientras el Don comía, Thian le masturbaba y chupaba la polla, hasta que en poco tiempo consiguió su verdadero premio, una buena corrida espesa y caliente sobre su carne. El Don jadeó suave mientras llegaba al clímax y regaba el plato del esclavo con su simiente de Macho.

Entonces sí, Thian se sentó a la mesa y comenzó a comer con ganas de su carne especiada de leche italiana, recibiendo unas cariñosas caricias en su pelo de parte de Romanetti.

Por su parte Luis no podía dejar de notar la incomodidad del plug hinchado en su orto, comía con ganas esos platos que le habían sido prohibidos por tanto tiempo, pero al mismo tiempo no podía evitar sentirse tremendamente preocupado por su hermano menor Saúl, sabiendo que él disfrutaría de aquella comida como un animal. Miraba de reojo de vez en cuando en dirección a los sumisos castigados por perder el juego propuesto por Lio.


Saúl y Phuo habían sido colgados de unas estructuras de varas metálicas con base.

Ambos estaban boca abajo, colgando de unas cuerdas atadas a sus tobillos, que habían sido separados forzosamente por el palo que cruzaba en horizontal la estructura por encima de sus cabezas. Tenían las manos en cruz. Sus cuerpos estaban cubiertos por cables y pinzas metálicas por sus pezones, huevos, perineo, axilas y lengua, que tenían que dejar fuera de la boca a la fuerza.

Además de todo eso, tenían una esposa en cada muñeca, con un peso anclado a ellas. Para que les costara mantener los brazos en cruz. Y estaban puestos de cara a la mesa donde comían la carne a la brasa, al otro lado de la piscina.

Lionardo fue en busca de la manguera, entonces su padre le preguntó con curiosidad:

“¿Qué castigo vas a imponerles?” quiso saber Don Romanetti, sentado a la mesa.

El hijo menor del Don se acercó a Phuo, le quitó el plug de un tirón, y lo sustituyó por la manguera, que comenzó a llenarle las tripas de agua fría a gran presión.

“Les he puesto unos electrodos. Cada vez que se cansen y bajen los brazos, se activará y les pasará la corriente por cada pinza que llevan” les explicó el joven aprendiz de Semental “Además, tendrán que aguantarse con las barrigas bien llenas de agua” sacó la manguera y la cambió por el plug, hinchándolo al máximo permitido. Estaba tan enorme dentro del culo del cuerpo prepúber de Phuo que parecía que lo iba a partir en dos. Pero el menor no soltó ni el más mínimo lamento.

Lionardo caminó hacia Saúl, quien llevaba unos pesos más pesados que los de Phuo, y unas pinzas más grandes y dolorosas por ser afiladamente dentadas. Era un puto sádico sin escrúpulos “Además, tendrán que soportar el sol sobre su piel, y aguantarse boca abajo mientras nosotros comemos tranquilamente”

Don Romanetti asintió complacido “Bene figlio mío, bene”

Lio se puso detrás de Saúl y repitió más o menos el proceso, pero esta vez, cuando el sumiso rubio tuvo todo su estómago lleno de agua, en vez de sacar la manguera, se la dejó incrustada hasta el puto estómago y metió el plug desinflado junto a ella, hinchándolo acto seguido hasta el máximo posible, para que atrapara dentro de su esfínter la manguera y buena parte del agua “NNNNHHHHGGG” gruñó el hermoso esclavo rubio. El resto de líquido que ya no le cabía dentro del culo caía a chorretones sobre el suelo. Y el dolor que sentía en su orto era del todo inhumano. Miraba a Lionardo con auténtico odio refulgiendo en sus pupilas.

El malvado ya iba a sentarse a comer con el resto de comensales, cuando de pronto sintió ganas de orinar. Miró con infinita maldad a Saúl mientras se apartaba el bañador y sacaba su polla de dentro “Ya que estamos…” murmuró al esclavo de Ricky.

A continuación, Lionardo soltó su vejiga y comenzó a mearle encima al pobre Saúl, que quería morirse del puto asco. Y no podía cerrar la maldita boca por culpa de la pinza, así que aquel líquido pestilente, amarillo y ardiente le cayó directamente dentro de la boca, llenándola de su olor y sabor particular y asqueroso. Lio meó un poco también a Phuo, y luego volvió a dedicarse a mancillar el cuerpo del sumiso rubio perdedor del juego, dejándolo mojado entero de arriba abajo.

“Ahora sí que he terminado” dijo con una sonrisa triunfal el muy imbécil, y se sacudió las gotitas y se marchó a comer con su padre, el perro callejero, Luis y Thian.

El nivel de humillación suprema que estaba sintiendo Saúl en ese momento era infinito. Se había convertido en el maldito retrete portátil de ese bastardo sin alma llamado Lionardo. Y había quedado más que claro que el imbécil de los cojones había amañado la competición para que él fuera el perdedor, y también le quedó claro que a su Señor Ricky, el perro callejero, se la sudaba de canto, o mejor dicho, le parecía bien aquella puta mierda. Se lo había dejado bien claro. Saúl odiaba al puto mundo entero en ese instante deplorable de su mísera existencia como esclavo de Ricky.

Los esclavos perdedores estuvieron así colgados durante toda la comida, y los cafés, y las copas que siguieron a los cafés, y las copas que siguieron a estas copas.

Phuo soportaba bastante mejor el asunto, porque no había sido tan puteado como Saúl. El rubio, en cambio, sentía que se le cansaban cada vez más los brazos a medida que pasaban las horas y tenía que mantenerlos en cruz con esos pesos colgando de sus muñecas. Al principio recibió calambrazos cada mucho rato, pero ahora ya atardeciendo, los descuidos se volvían más seguidos. Cada vez que movía sin querer sus brazos por el dolor de tenerlos completamente estáticos y ejerciendo fuerza, tremendas descargas recorrían su cuerpo meado por Lio, en sus cojones, perineo, pezones, en su lengua llena de meado de aquel bastardo. Su cuerpo se convulsionaba, se retorcía, y aunque al principio del castigo intentaba no gritar, como Phuo, con el pasar del tiempo el dolor se volvió insoportable y sus aullidos de puro tormento eran perfectamente audibles, aunque por su honor de esclavo Saúl intentaba no gritar demasiado, apretando fuerte sus dientes y manteniendo su mandíbula completamente tensa.

Cuando los Machos de la casa se dieron por satisfechos, el mayor de todos ellos dio la orden:

“Miele, figlio ve con Luis y Thian. Baja a Saúl y Phuo de allí y todos id a tomaros un buen baño. Os quiero en cuanto estéis listos de vuelta con nosotros. Desnudos. Sin distracciones. ¿Entendido?” dijo el Don.

Su hijo mayor travestido respondió sumiso como él era “Si, padre. En seguida.”

Y así lo hicieron. Los sumisos que habían sido castigados no comieron nada. Todos juntos se adentraron en la mansión de Don Romanetti y fueron a limpiarse. Saúl caminaba renqueando, con un dolor atroz y palpitante en todo su orificio anal. Aunque ya no llevase el plug y la manguera, al haberlo tenido al máximo de tamaño y con el agua entrándole por ahí a alta presión, además de lo de las electrocuciones, se sentía exhausto, derrotado, con ganas de morirse ya mismo y dormir mil días seguidos. Pero no podía hacerlo.

sábado

Ricky, el perro callejero #22


El viaje. Dia 3 (parte 2). Tras el brutal castigo de Ricky a su sumiso Luis, dejan que éste descanse un rato en una de las tumbonas. Luego, el resto de sumisos y los Sementales, se divierten juntos con un juego en la piscina, que tendrá consecuencias tanto para los ganadores, como para los perdedores.


Los Machos y los sumisos estuvieron descansando un poco tras haberse corrido bien a gusto. El pobre Luis estaba tumbado boca abajo sobre una toalla, con el culo destrozado. Su dueño Ricky, el perro callejero, se había vuelto a sentar en la tumbona, y Saúl el hermano menor de Luis y el más joven de los sumisos de Ricky, le había ido a buscar a su Dueño una copa helada para su bebida, justo ahora volvía a salir a la terraza de la piscina con dicha copa.

Lionardo, otro de los Sementales, sentía su orto escocido por la tremenda follada que acababa de recibir de su propio padre, Don Romannetti. Ahora ambos descansaban tranquilamente cada uno en su tumbona, y sus sumisos, el travesti andrógino Miele, que era hermano de Lio y el hijo mayor del Don. Y los jovencísimos esclavos asiáticos del Don, Thian y Phuo, estaban sentados en el suelo sobre toallas también, esperando a la siguiente ocurrencia que tuvieran sus Amos.

Por desgracia para Saúl, fue el despreciable Lionardo quien tuvo la genial idea, cosa que seguro que terminaría mal para él. No sabía cómo, pero lo sabía. En cuanto le escuchó decir esto, al joven sumiso rubio se le puso la piel de gallina y tembló de rabia por dentro:

“Padre, ¿recuerdas las vacaciones en Venecia?” le preguntó el cruel Lio.

“¡Claro que lo recuerdo! ¡Fue memorable! Jajaja” respondió el adulto, imaginando por dónde irían los tiros.

“Estoy pensando en hacer algo parecido. Un concurso igual, pero a nuestra manera. ¿Qué te parece?” Lionardo, a pesar de ser prepotente como era, siempre trataba de buscar la reafirmación de su padre a cada cosa que hacía, porque sin su beneplácito podía terminar perdiendo todo, tanto el dinero como sus contactos en los negocios turbios. Y no estaba dispuesto a dejar que eso pasara por ningún motivo.

“Me parece estupendo, querido figlio. Como ha sido tuya la idea, organízalo tú mismo” dijo el Don a su hijo menor.

“Claro, padre. Pero no me iría mal algo de ayuda para traerlo todo. ¿Me prestas a Thian y Phuo?” le preguntó el cruel Lionardo.

“Puedes llevártelos. Miele se quedará junto a su viejo padre para hacerle compañía. ¿A que sí, querida?” Don Romannetti se dirigió entonces al mayor de sus hijos, el andrógino.

“Siempre a tus órdenes, padre” respondió de manera naturalmente sumisa Miele, sonriendo con dulzura.

Cuando Lionardo y los jóvenes asiáticos volvieron a la piscina unos minutos más tarde, el joven Semental organizó todo.

Los cuatro sumisos que iban a participar en aquella competición cambiaron sus bañadores por un arnés compuesto de tiras de firme nylon fijas a sus nalgas y cintura, que tenían una abertura redonda en la zona del ano por donde habían metido los largos y estrechos plugs anales, de forma algo triangular, similar a la que tiene un paraguas cerrado. Los plugs tenían una parte que se ataba a la base de la polla de los sumisos, que estaba a la vista, y que les impedía correrse. Por si acaso.

Saúl y Phuo lucían vibradores negros. Luis y Thian: vibradores rosas. Entonces Lionardo procedió a explicarles a los presentes el funcionamiento del juego.

“Ricky, tú y yo estaremos sentados cada uno en un extremo de la piscina. ¿Ves esa especie de escalón ancho que la rodea por dentro? Pues ahí” dijo al perro callejero.

Ricky se dirigió a dicho lugar y se metió en la piscina. Sentado de manera cómoda en esa esquina, su cuerpo quedaba sumergido dentro del agua hasta el pecho. El hijo menor de Don Romannetti prosiguió con la explicación.

“El juego funciona por equipos. Saúl y Phuo, que llevan el vibrador negro, son un equipo. Y Luis y Thian, con el rosa, otro” y luego añadió “La competición será de dos en dos, con uno de cada equipo.”

Lionardo encendió el móvil y comenzó a sonar música. Lo dejó encima de la mesa.

“Esto está programado para sonar durante una hora. Ese es el tiempo máximo que durará el juego. Aleatoriamente, las canciones irán cambiando sin previo aviso” dijo Lio “Cada sumiso tendrá que comernos la polla, a ti Ricky o a mí. Cuando la música cambie, ellos tendrán que cambiar de Semental, nadando a lo largo de la piscina con los plugs puestos, para comerle la polla al otro” la cosa se ponía interesante “Además, cada cambio de música nosotros mismos accionaremos el mando de sus plugs anales, hinchándoselos.”

“Jajaja empieza a gustarme mucho tu juego. ¡Que imaginación, Lionardo! ¡Cómo se nota que eres hijo de tu padre! Jajaja” le dijo el perro callejero.

“Y que lo digas, amico Ricky. Me siento muy orgulloso de él. Jajaja” respondió Don Cornelio.

Lionardo prosiguió hablando “Ganarán los sumisos que antes consigan recibir la corrida de un Macho dentro de su boca. Habrá un premio para los dos vencedores del mismo equipo, y un castigo para los dos perdedores” y luego especificó “Ah, y al menos uno de cada equipo debe ganar, o el castigo será el doble de doloroso y humillante.”

Ricky quiso saber si lo había entendido bien “Entonces si ganan uno de cada equipo, eso es como un empate y no tiene premio, ¿no?”

Lio le dio a Ricky el mando rosa y se quedó el negro. Eran muy intuitivos, tenía una palanquita numerada “1”, “2”, para cambiar de un consolador a otro, una rueda para el nivel de vibración y el botón central, que hinchaba el dildo cada vez que se pulsaba. “Correcto, así es.”

Don Romannetti fue a sentarse en el escalón de la piscina, el mismo que estaba Ricky, pero al otro lado de él, y justo en medio. Así tendría una vista privilegiada de la competición, de frente a ellos.

“Miele, ven a sentarte en el regazo de tu padre, figlio” el hijo mayor del Don fue a sentarse sobre su regazo, como su Macho le indicó, cara a cara con él.

El andrógino apartó la parte de abajo de su bikini verde lima, y se empaló él solo el duro y grueso mástil de su progenitor en el culo, soltando un leve jadeo junto a su oído. A Miele le supo mal no poder ver la carrera en directo, pero entonces se fijó que la piscina quedaba reflejada en la cristalera de la casa, y ahí fijó la mirada para no perder detalle de lo que ocurría con sus compañeros sumisos, sobre todo con Luis, el mayor de los hermanos rubios, a quien tanto aprecio había tomado en tan poco tiempo.

Entonces el Don llamó sus dos pequeños fetiches Thian y Phuo, quienes no iban a participar en la primera carrera, que se metieron sin vacilar en el agua. Por orden de su Amo, los jóvenes asiáticos se situaron cada uno bajo un brazo de Miele, que los sujetaba flotando sobre el agua boca abajo. Los chicos también habían quedado mirando hacia la casa, y no a la competición. Así Don Romannetti quedó sentado como un rey, con su hijo mayor follándose él solo el culo con su dura polla, y podía apoyar cada uno de sus brazos sobre la espalda de los asiáticos y jugar con los vibradores que llevaban metidos en sus culitos prietos y apetitosos, uno rosa y otro negro, de cada equipo de la competición.

Mientras Don Cornelio situaba a sus tres sumisos como quería, en el otro lado de la piscina, Lionardo fue a sentarse en la esquina opuesta que Ricky, a lo largo de la misma. El hijo menor del Don y el perro callejero se habían bajado justo sus oscuros bañadores para que sobresalieran sus duras pollas por encima. La polla de Ricky era más grande que la de Lio, pero la del hijo del Don tenía una protuberancia muy gruesa cerca de su base, que causaba bastante dolor a culos poco habituados a ser follado por él, o por el Don, que compartía dicha característica con el menor de sus hijos.

Por su parte, el mayor de los hermanos sumisos Luis estaba frente a su amado Amo Ricky, con su plug rosa incrustado en el orto, y por descarte, su hermano menor Saúl estaba entre las piernas de Lio el Macho, con el consolador negro, y esperando la señal para comenzar a comerle el rabo, aunque no es que tuviera demasiadas ganas de hacerlo precisamente. Pero mucho menos le apetecía recibir un duro castigo de manos de esos sádicos salidos.

“¿Estáis preparados?” preguntó el mafioso dueño de la mansión.

Todos asintieron. Así que Don Cornelio alzó ambas manos y dijo “El juego empieza en tres... dos... uno... ¡YA!” y ¡¡¡CHASS!!! en el momento de dar la salida, Don Romannetti dejó caer sus dos manos cada una sobre el culo de uno de los asiáticos, haciendo sonar fuertes azotes en sus nalgas juveniles.

Al escucharle, Luis y Saúl se sumergieron en el agua y se afanaron a mamar la polla del Semental que le había tocado en suerte. Luis chupaba con absoluta devoción el duro rabo de su Amo Ricky, casi atragantándose con él. Por otro lado, su hermano menor Saúl hacía todo lo posible por darle el máximo placer a ese odioso de Lionardo con su boca, casi desencajándose la mandíbula, tratando de meterse dentro de su cavidad bucal aquella base tan gordota.

Hasta que la competición no empezó, Saúl no se dio cuenta que con la cabeza sumergida bajo el agua casi no se escuchaba la música, y era difícil saber cuándo cambiaba de canción. Al notar que el plug en su orto estrecho se hinchaba de golpe, entendió que ya tocaba cambiar de Semental. El menor de los hermanos rubios salió a la superficie y nadó en dirección a Ricky, con la molestia de aquel vibrador metido en su culo. Su hermano Luis se cruzó con él casi a mitad de camino. Cuando alcanzaron la orilla opuesta, ambos sumisos se sumergieron, mamando ahora el joven Saúl la rica polla de su Amo Ricky, el perro callejero, y disfrutándolo muchísimo, mientras Luis dedicaba sus labores orales a Lionardo, por quien no sentía ni simpatía ni antipatía. Era un Macho más al que debía atender, como su Amo Ricky le había enseñado a hacer.

De golpe Ricky y Lionardo accionaron los mandos, al volver a cambiar la música. Los plugs que llevaban Saúl y Luis en sus culos se hincharon todavía más, volviéndose cada vez más incómodos, y siguieron vibrando. Ambos hermanos respiraban algo agitados, y ya no nadaban en sprint como la primera vez. El cansancio de hacer los largos, de cambiar rápido de Semental por la música, sumado a la incomodidad de los plugs que se iban haciendo grandes dentro de ellos y tener que aguantar la respiración para mamarles el rabo, era todo en conjunto una puta odisea. “No me extraña que se le ocurriera a Lionardo esta mierda de juego” pensó Saúl, acercándose precisamente a Lio para chuparle el vergajo a ese gilipollas pretencioso de ascendencia italiana.

Don Romannetti permanecía atento a todo lo que sucedía. Se reía complacido, porque ese tipo de juegos siempre le habían gustado mucho. Los encontraba de lo más entretenidos, y más si el desafío incluía un cruel castigo para los perdedores. Así de dura era la vida de sumiso.

“¡Puta insaciable, cerda comepollas!” dijo el Don, dirigiéndose a Luis y Saúl por los motes que escogió su propio Amo Ricky para ellos “¡Vamos muchachos, ponedle más ganas! ¡Tiene que sobrar suficiente tiempo para que jueguen vuestros compañeros, o sufriréis las consecuencias!” les avisó.

Bajo el agua, el plug anal se hinchó por tercera vez, ya era realmente fastidioso y comenzaba a doler tener el culo tan expandido por dentro. Saúl miró con hastío a Lionardo y se impulsó para nadar de vuelta a su Macho Ricky. Aunque nadar quizás no fuera la palabra más adecuada, ya que el agotamiento, el dolor, el fastidio de aquel pollón enorme y vibrante en su orto se lo dificultaba enormemente. Y al pobre Luis, su hermano mayor, le pasaba exactamente igual. Intentaba darse prisa, pero le costaba horrores y lamentos silenciados por orgullo de sumiso llegar de nuevo hasta Lio.

Saúl pensó, llegando a su Semental, el perro callejero “Ahora solo debo ponerle todo mi empeño en mamarle la polla a mi Señor con todas mis ganas y ganaré esta competición.” Y a ello se puso, sumergiéndose directamente en el agua, y sujetándose a la cadera de su Señor Ricky, para abrir la boca y meterse dentro aquel pedazo rico, tan delicioso, de polla de su Macho. El perro callejero notaba como su sumiso más joven y rebelde se esforzaba de verdad por llevarse el premio de su corrida. Pero no le gustaba ponerle las cosas fáciles a Saúl, quien era el más desobediente de los hermanos rubios.

Cuando Ricky alzó la mirada, vio que Lionardo agarraba la cabeza de su otro sumiso, Luis, y le estaba follando la boca como si no existiera el mañana, dándole unos potentísimos caderazos contra su carita de sumiso. Luis por su parte trataba de dejarse hacer lo mejor que podía, como siempre, aunque no se tratara de su Amo, a Ricky le complacían cosas retorcidas como esa, y debía soportarlo. Relajó su garganta, abrió al máximo sus labios y dejó que aquel animal cruel y sin escrúpulos de Lionardo le violentara la boca como mejor le complaciera. Estaba claro que el hijo menor de Don Romannetti quería que ganara el equipo de Luis, o mejor dicho, ansiaba hacer que el de Saúl perdiera. Para ello, Luis debía ser quien consiguiera ganar esta tanda, y él debía conseguir no eyacular con las atenciones de su sumiso rubio, cosa harto difícil, pues estaba ya excitadísimo con tanta mamada y el jueguecito que se traían entre manos.

Entonces Ricky recordó las palabras exactas que había dicho Lio al inicio de la competición de esclavos “Ganarán los sumisos que antes consigan recibir la corrida de un Macho dentro de su boca” eso fue lo que dijo, ni más ni menos. Dentro de su boca. Se le ocurrió cómo podía correrse, haciendo perder a Saúl, y además que el menor supiera claramente que había sido INTENCIONADO por parte de su Dueño y Señor. Que se le bajaran un poquito esos humos de prepotente que solía tener siempre.

Con el gesto más malvado del mundo en su rostro, Ricky, el perro callejero, agarró el pelo de Saúl con saña y tiró de él, apartándolo de su polla. Dentro del agua Saúl miró a su Semental con gesto interrogante y de no entender nada. Ricky sujetó el mando con los dientes y comenzó a masturbarse, manteniendo la cabeza de su sumiso rubio apartada de su cipote de Semental, y se corrió fuera de su cavidad bucal, directamente dentro del agua. El sumiso rubio tardó un poco en comprender lo que sucedía. Emergió del agua, miró a Lio follándose con vigor la boca de su hermano Luis, y se quejó exclamando:

“¡¡HACÉIS TRAMPA!!” gritó Saúl frustrado, volviendo la mirada a su Dueño el perro callejero.

“De eso nada Saúl” replicó Ricky “Y comienzo a cansarme de tus insolencias” le advirtió muy serio.

Mientras Ricky y el menor de sus hermanos sumisos discutían, Luis terminó recibiendo su tan ansiado premio “¡¡AaaaAaaaAAaaaAAaAAaahhh...!!” exclamó Lionardo al correrse dentro de la garganta del sumiso rubio, quien engullía con deleite aquella simiente, aunque le doliera de lo lindo el culo y se sintiera agotado, y soportar ese pollón con esa bola enorme en la base en su boca era terriblemente dañino. Pero lo hizo por su Amo Ricky.

Precisamente Ricky llamó a Luis “Ven aquí Puta Insaciable”.

Cuando Luis llegó nadando lo más rápido que pudo al lado de su adorado Semental, a quien amaba y veneraba con obsesión malsana, recibió la siguiente orden de él.

“Métete bajo el agua. Si consigues chupármela, te besaré como tanto tiempo hace que sueñas que lo haga” le prometió Riky.

Luis sintió sus mejillas enrojecer y asintió rápido. Ajeno a lo sucedido ahí con su hermano menor Saúl poco antes. Acató la orden. El perro callejero le agarró como había hecho con Saúl. Tiró con la misma saña de su pelo, y cuando Luis consiguió echarse de golpe hacia delante, atrapando la dulce polla de su semental a medio hinchar entre sus labios, mamándola con deseo, Ricky le mostró a Saúl la tremenda cantidad de pelo rubio que le acababa de arrancar a Luis de su cabeza.

“Cuando un sumiso desea con la suficiente intensidad complacer a su Amo no hay obstáculos que le impidan complacerle, incluso si es el propio Amo quien pone las trabas. Un buen sumiso encuentra la manera de superarlas”

Tras aquellas palabras, Ricky hizo emerger a Luis, y le abrazó contra sí de su cinturilla estrecha, succionándole el labio inferior “Estoy muy orgulloso de ti, Luis” le dijo, llamándolo extrañamente por su nombre. El mayor de sus sumisos solo sonrió bobamente, y dejó que su Macho pegara sus labios a los de él y penetrara en su cavidad bucal con esa firmeza y energía tan particulares suyas. Ricky bajó la mano y soltó el aro que mantenía prieta la base de la polla del muchacho, masturbándole mientras le besaba, todo muy suave y tranquilo, lleno de deseo contenido, y de cariño, y tanto se excitó Luis con aquello que se corrió en pocos segundos, llenándole la mano a Ricky de su corrida impura de basura humana, justo antes de que su semen quedara diluido en la misma agua en la que se corrió su Amo poco antes.

“Ggracias mi Señor” susurró el rubio, sintiéndose en la puta gloria, mientras su Macho volvía a atarle el aparato como lo tenía.

domingo

Ricky, el perro callejero #21

EL VIAJE. DIA 3 (parte 1) Desayuno con castigo de Ricky para Luis en la piscina de Don Romannetti. Mientras el Don sodomiza a su hijo Lionardo, para vergüenza del joven aprendiz de Semental.


Al día siguiente Miele despertó a los chicos, siendo ya cerca de las doce del mediodía. Los Sementales habían decidido no madrugar, por lo que no era necesario que ellos lo hicieran. Se limpiaron bien sus cuerpos, que todavía sentían doloridos por la juerga de la noche anterior. Saúl tenía moretones y heridas por todas partes, causadas por los malos tratos que le había propinado Lionardo la tarde anterior cuando salieron a pasear a caballo. Y Luis tenía todo su cuerpo cubierto de latigazos, hechos también por Lio, por la noche, antes que le sodomizara con rudeza. Ambos hermanos habrían dado lo que fuera por poderse tomar ése día como descanso, quedándose dormidos y recuperando fuerzas. Pero no poseían ese poder de decisión sobre sí mismos.

Los sumisos se pusieron unos bañadores que el bello andrógino Miele les dio. Thian y Phuo lucían un pequeño tanguita negro, que contrastaba con su pálida piel, y conjuntaba con la oscuridad de sus ojos y su pelo lacio. Saúl y Luis en cambio tuvieron que ponerse, para su bochorno, unos bikinis fucsia nada discreto y mucho menos masculinos. La parte superior era un sostén con dos triángulos, atado a la espalda por un hilo y un lazo. Todo del mismo color. La parte inferior era una braguita de corte muy bajo, que apenas llegaba a taparles el abultado paquete, y dejaba al aire la zona superior de sus nalgas. Miele estaba preciosa, como siempre, con un conjunto también de dos piezas de color verde lima, que le quedaba como un guante en su cuerpecito de ninfa.

Don Romannetti, Lionardo y Ricky estaban en la piscina, con sendos bañadores de hombre. El Don lucía uno de tonalidad verde oscuro, su hijo menor uno negro y el perro callejero otro de color azul eléctrico. Los Amos estaban estirados cómodamente sobre unas tumbonas de diseño radiantemente blancas. Hacía mucho calor y el agua de la piscina, completamente translúcida, resultaba de lo más apetecible.

Don Cornelio había ordenado traer para ellos unas fuentes variadas de fruta fresca, y estaban apagando su sed con un delicioso combinado de cava, que llevaba azúcar de caña, unas gotas de zumo de limón, algo de coñac, y un chorrito de licor de fresa. Era una bebida levemente ácida, con mucho sabor a alcohol y un leve toque afrutado, servida en grandes copas heladas.

Cuando los sumisos llegaron a la piscina, Don Romannetti ordenó a sus dos pequeños vietnamitas que se metieran en el agua, no sin antes manosearles un poco el culo a cada uno de ellos, y que ellos le besaran con devoción la polla por encima del traje de baño.

Saúl, su hermano mayor Luis, y Miele, el hijo andrógino del mafioso, se quedaron de pie, quietos, esperando a que les ordenasen hacer algo. Todos suponían que a continuación habría una follada en grupo, como la noche anterior, y Saúl rezaba para que no le tocase hacerlo con Lionardo. Desde la tarde anterior Saúl se había sentido muy confuso respecto a sus sentimientos por ese bastardo malnacido. Le odiaba y le deseaba tan intensamente, que prefería mantenerlo lejos, y más si su verdadero Amo, Ricky, estaba cerca. Por nada del mundo quería que el perro callejero supiese cuanto le gustaba que ese niñato chulo y pijo le sodomizara de manera bruta.

“Puta Insaciable” dijo Ricky, sacando a su joven sumiso de pelo rubio de su ensoñación “Ve allí y tráeme aquel palo” dijo, señalando un limpia-fondos de piscina, compuesto por el cabezal móvil y una vara de acero inoxidable larga, algo parecido a una escoba, pero con distinto uso.

“Sí, Señor, como ordenes” le respondió el chico.

Saúl tuvo que rodear toda la piscina, que era de tamaño generoso, para poder coger aquel objeto que le había pedido su Semental. Aunque no lo veía porque no quería alzar la mirada hacia él, podía sentir la fija y penetrante mirada de Lionardo puesta sobre su cuerpo. El esclavo rubio caminó rápido, pero con cuidado de no resbalar, y cogió el artefacto, que pesaba muy poco. Mientras lo traía de vuelta, Saúl vio que en el extremo superior el palo de acero inoxidable, que era algo más grueso que la polla de Ricky, estaba recubierto con un material plástico verde, con rugosidades, a modo de agarradera.


“¿Qué diversión nos tienes preparada hoy, amico Ricky?” preguntó Don Cornelio, cuando vio lo que había ordenado traer a Saúl.

“Si lo recuerdas, ayer hice una apuesta con la Cerda Comepollas, y perdió” el Don asintió con la cabeza.

“Así que ahora voy a aplicarle el castigo que se merece” sentenció el Semental de ojos verdes.

Luis, al oírle decir aquello, y viendo el enorme tamaño del palo, que ya se imaginaba por dónde se lo iba a tener que meter, empezó a temblar de miedo. Pero no se quejó. Si su amado Amo creía que ese era el castigo que merecía por haber perdido la apuesta en el yate, no consiguiendo que Miele se corriera con su pito metido en su delicado culo, apechugaría con ello, aunque le doliese.

Ricky ordenó que atasen a Luis. Le hizo meterse en la piscina, y los complacientes Thian y Phuo amarraron sus muñecas y tobillos, completamente abiertos. El pie derecho con la misma mano hacia un lado, en el mismo borde de la piscina, y el otro pie y la otra mano juntos hacia el otro lado. Su cara quedaba medio sumergida en el agua, y su culo en pompa sobresalía de la superficie acuosa, como suplicándole a Ricky que maltratara a su placer esa zona de su anatomía. Realmente era lo que deseaba. Tanto su placer como su dolor pertenecían al perro callejero. Todo lo que él quisiera darle, el rubio lo aceptaría con alegría, respeto y devoción. Aunque fuese una penitencia como aquella.

Cuando Luis estuvo situado tal como lo quería, el Semental de ojos esmeralda se metió en la piscina, y Saúl le siguió, pues así se lo mandó. Don Cornelio estaba excitado con solo imaginar lo que vendría a continuación, y había ordenado a Miele, su dulce hijo mayor con cuerpo de mujer, que se arrodillase al lado de su tumbona, y empezase a chuparle el duro rabo. Lionardo se había quedado sin sumiso a quien darle órdenes, pero no le importaba, ni si quiera se percató de ello. Sostenía su fría copa en la mano, dándole pequeños sorbos, y observaba la escena que sucedía en la piscina, aparentemente interesado en el castigo que iba a recibir Luis, pero realmente obsesionado con Saúl y deseando follárselo de nuevo en cuanto tuviera la más mínima ocasión.

“Abre la boca, Cerda” ordenó de manera tajante Ricky.

Luis así lo hizo, y notó como su adorado Macho le metía ese gordo mango de acero cubierto de plástico rugoso dentro de la boca. No pudo abarcar más que unos centímetros, antes de empezar a notar que se le desencajaba la mandíbula. Ricky dejó el palo metido todo lo profundo que pudo en la garganta de su esclavo rubio.

“¡Con la de pollas que has comido tendrías que poderte tragar mucho más que eso, puta!” le increpó Ricky al pobre Luis, que luchaba por abrir lo máximo que podía sus labios, pero realmente era físicamente imposible que le cupiera ni un solo centímetro más de palo dentro.

El perro callejero empezó a meter y sacar de manera brusca el mango de plástico de la boca de su esclavo. Todos, tanto el Don, como su primogénito, e incluso Saúl, estaban excitándose enormemente con el maltrato del Semental de pelo negro hacia el esclavo rubio. Miele sentía más pena por él que otra cosa. Y todavía le quedaba lo peor.

Cuando Ricky se cansó de follarle la boca a Luis con aquel instrumento, se lo sacó y el pobre chico pudo respirar aliviado.

“Puta, ábrele bien el culo a tu hermano, que voy a empalarle y no pararé hasta que no vea salir el extremo por su boca de zorra”

A Luis se le abrieron los ojos como platos. Con lo bien que pasaron el día de ayer, con su Amo amable, casi se había olvidado de esa vena cruel que surgía de su interior, más a menudo de lo que quisiera. Saúl puso una mano en cada nalga del imbécil de su hermano mayor, y las separó todo lo que pudo. Acto seguido, Ricky dirigió el borde rugoso hacia el nada dilatado culo de su esclavo, y empujó con todas sus fuerzas, hasta que a los pocos segundos, la piel de la entrada cedió, dejando pasar al interior del intestino un buen pedazo de esa descomunal vara de acero.

“¡¡¡NNNNNNNNNNHHHHHHHHH!!!” a Luis le faltó muy poco para no ponerse a gritar como un cerdo en el día de la matanza. El dolor que sintió en su culo fue insoportable. Pero tenía que aguantarlo, por Ricky, por su venerado Amo.

Al ver aquel rostro contraído por el sufrimiento, Don Romannetti no pudo contenerse más. Estaba muy cachondo, y necesitaba meter su rabo dentro de algún culito goloso. Tenía a su disposición a la complaciente Miele, que seguía chupándole el rabo, o a los dos hermosos asiáticos, incluso Saúl, la Puta Insaciable, habría salido de la piscina y le habría ofrecido su ano, si así se lo hubiera reclamado él. Lo sabía. Pero en ese momento decidió que ya iba siendo hora de sodomizar un trasero que había mucho tiempo que no probaba, y que todavía le pertenecía.

“Leonardo, figlio mio, ven a complacer a tu viejo padre” dijo de repente el Don, mirando a su hijo más pequeño, y señalando su regazo, al tiempo que apartaba la cara de su primogénito de su duro paquete.

Lionardo no podía creérselo. Le costó mucho reaccionar. Su padre era muy listo, mucho más de lo que le gustaba aparentar, y seguro que sabía del odio que había surgido entre él y Saúl, el sumiso de Ricky, nada más verse. Su progenitor había estado presente mientras él humillaba, abofeteaba y descargaba su ira sobre ese mocoso. Sabía que su honor estaba en juego, ¡Y el muy malnacido escogía precisamente esa ocasión para sodomizarle! ¡¡Le odiaría eternamente por aquello!!

Pero a pesar de su odio, Lionardo no podía negarle nada a su padre. Don Romannetti sabía que el bastardo de su hijo menor era pura maldad, y que estaba esperando a cumplir la mayoría de edad para ocupar su lugar en los turbios negocios familiares. Realmente el Don no estaba molesto por aquella jubilación anticipada, precisamente porque el carácter de Lio era como era, le había criado para ser el próximo Don. Era por su propia naturaleza sádica y malvada que sería un gran líder. Pero hasta que llegara ese momento todavía quedaba un tiempo, y Don Romannetti disfrutaba de una manera especial hiriendo el hinchado orgullo de su hijo pequeño con cosas como aquella, es decir, sodomizándole por puro capricho frente a un sumiso al que se la tenía jurada. Lionardo no debía olvidar que quien mandaba en esa mansión por el momento era él, y que si tenía los privilegios que tenía era porque a él le había salido de los huevos, y que tal como se los dio, se los podía retirar cuando le saliese de los cojones. Dejarlo en la estacada y sin dinero sería como una muerte en vida para el joven Lio, quien siempre había vivido, desde su más tierna infancia, rodeado de los objetos más lujosos.

Así que Lionardo finalmente se puso en pie, se sentó encima del regazo de su padre, dándole la espalda y quedando mirando a la piscina. Saúl alzó la mirada y vio como el sádico chico de ojos marrones pasaba cada una de sus piernas a cada lado del cuerpo del Don, y como se apartaba la parte trasera del bañador, se escupía en la mano para lubricarse, y empezó a insertarse él solo el férreo cipote de su padre dentro de las entrañas.

“Ooooooooh, siiiiiii... ¡Molto bene, bastardo mio!” exclamó Don Cornelio, al sentir el estrecho conducto anal de su hijo apretándole la polla.

Don Romannetti abrazó a Lionardo por su estómago, y empezó a dirigir el ritmo de la follada que le estaba dando con su prieto culo, mientras le manoseaba y susurraba guarrerías en su oído. Lio había permanecido con los ojos cerrados desde que se metió la punta de la polla de su padre dentro del culo, y por sus santos cojones que no soltaría ni un solo quejido por tener aquel enorme pedazo duro de carne taladrándole los intestinos. Cuando unos minutos después decidió abrirlos, se encontró con la fija mirada azul de Saúl clavada en él. No solo estaba divirtiéndose con aquella humillación hacia su persona, ¡¡Sino que el muy imbécil además tenía el descaro de sonreírle con cinismo!! Como diciéndole en silencio... “Ahora es a ti a quien le toca sufrir una sodomización no deseada ¡Y espero que te duela tanto como a m pedazo de imbécil! ¡¡Sobre todo en tu orgullo!!” Aquella mirada fue su condena de muerte.

Ajeno a todo aquello que se sucedía en absoluto silencio, Ricky seguía sodomizando con brutalidad el maltratado culo de Luis, el mayor de sus sumisos, que hacía el esfuerzo más grande del mundo para no gritar por el exagerado dolor que le estaba provocando su Macho en su trasero, pero no podía evitar llorar mientras era empalado de aquella manera tan bestia.

De pronto Ricky, el perro callejero, dejó incrustado el mango de la herramienta de limpiar la piscina en lo más hondo de su orto y le ordenó a Saul:

“Tú, Puta insaciable, coge esto”

“Si, Amo” le respondió el menor de los hermanos rubios.

El sumiso rebelde agarró la herramienta y esperó al siguiente mandato de su Semental de piel morena, que no tardó en llegar:

“Voy a follarle la boca al imbécil de tu hermano mayor” le informó “Mientras, quiero que tú sigas aplicándole el castigo. Hasta que me haya corrido”

Los orbes de Saúl brillaron con una maldad especial que a su Amo no se le pasó por alto. Se le acercó y le dijo con tono de voz bajo, para que solo pudiera escucharle él, pero de manera realmente intimidante:

“No te pases ni un pelo con él. Luis es MI sumiso, NO el tuyo. Solo métele el mango hasta el tope, rápido. Nada más. Si lo desgarras por dentro y lo lesionas para siempre te juro que desearás estar muerto ¿Me has entendido?” miró fijamente a Saúl a los ojos.

Al instante el estudiante respondió, algo mosqueado “Vale joder. Lo haré bien… tsk”

“Más te vale” sentenció Ricky.

El perro callejero entonces fue a situarse al otro lado, justo delante de la cara de Luis, que estaba que no se lo creía. Evidentemente él si que había escuchado aquel aviso. Al menos ahora sabía que le importaba lo suficiente a Ricky, su adorado Amo, como para que él se preocupara de que no recibiera heridas de gravedad en aquellas sesiones sadomaso. Si hasta ese momento su devoción por él había sido absoluta, ahora su nivel de sumisión y obediencia hacia el perro callejero se había incrementado hasta el infinito. Hasta sonrío como un auténtico bobo cuando su Semental le golpeó la cara con la mano abierta, diciéndole:

“¡Cerda comepollas abre la puta boca!”

El sumiso abrió su boca y se preparó para lo que le venía encima, pero ahora ya todo era distinto. Amaba a Ricky. Lo adoraba. Era su único Dios. Le veneraría por el resto de su miserable vida. El perro agarró la cabeza de Luis y comenzó a follársela con verdadero ímpetu.

“¡Aaaaahhh… Siiii…! ¡¡Que gustazo de boca jodeeer!!” exclamó.


Acto seguido, Saúl comenzó a meterle y sacar el mango de la herramienta con fuerza y velocidad, pero sin pasarse en ningún momento del tope impuesto por su Amo. Le guardaba una gran animadversión a su hermano mayor porque ambos luchaban por llegar a ser el favorito de su Amo y Señor. Pero no le dañaría. Esta vez lo haría bien.

Fuera de la piscina, Don Romannetti quería ver mejor el espectáculo, así que ordenó al menor de sus hijos, que le estaba cabalgando de espaldas a él:

“Leonardo, figlio, apoya las manos sobre la tumbona y preséntame tu culo para que pueda follártelo bien a gusto” le dijo el mafioso.

“En seguida, padre” respondió asqueado el menor, poniéndose a cuatro.

No estaba asqueado por su polla. Hacía mucho tiempo que le follaba, y al igual que Miele, estaba más que acostumbrado a su tamaño y extraña forma. Lo que asqueaba a Lionardo era verse obligado a mostrarse tan sumiso ante Saúl, el menor de los putos de Ricky. No lo soportaba. Cada vez que ese maldito rubio, que rompía el culo de su hermano mayor con aquella herramienta, dirigía su mirada hacia él, se le llevaban los demonios de la ira.

“¡Aaaaaaahhhhh..!” exclamó de pronto el hijo del Don.

Lio estaba tan obsesionado con Saúl, maldiciéndole por dentro, que no se percató de cuando su padre embistió contra él con todas sus fuerzas, penetrándole con aquel mástil durísimo hasta las putas pelotas. Hasta cayó un poco hacia delante y tuvo que incorporarse para volver a su posición inicial. La sorpresa hizo que aquella vez sí que le doliera la penetración, por no estar preparado y relajado.

Don Romannetti sonrió satisfecho “Hacía mucho tiempo que no gritabas Lionardo, no sabes cuánto me excita que lo hagas”

El Don agarró con fuerza las nalgas de su hijo menor por los costados y empezó a follárselo con salvajismo, algo realmente extraño en él. Don Romannetti era un Semental menos sádico que Ricky, o el propio Lionardo. Él prefería el vicio por el vicio, le ponía cachondo el incesto, retorcer la mente de sus esclavos, volverlos dóciles y complacientes, la lubricidad, todo lo que estuviera fuera de lo normal. Pocas veces se mostraba sádico, siempre que sus deseos fueran satisfechos. Era un buen Amo. Pero no podía permitirse dejarse pisotear por nadie, y menos por el menor de sus bastardos. Recordarle a Lio cuál era su posición en esa casa, a base de duros pollazos y una follada animal, le ponía como una puta moto de caliente.

“¡¡Aaaaaaahh!! Aaaaaaaaaahhh!!” los gemidos de Lionardo eran música celestial para los oídos del menor de los sumisos rubios, Saúl, que imaginaba que era él y no el Don quien le sodomizaba de aquella humillante manera.

Ricky seguía follando la boca a Luis, hundiéndosela a ratos en el agua, y luego sacándola, encastándole el puto rabo hasta el puto estómago de lo potentes que eran las penetraciones que le daba. Luis sentía que iba a morirse con su Dios ahogándole y follándole la boca de aquella forma tan salvaje, mientras su hermano menor se dedicaba a destrozarle el orto con el mango de la herramienta.

Finalmente, los Sementales comenzaron a correrse. El primero en descargarse fue el perro callejero, inundándole la tráquea a Luis con su simiente de Macho. Luis no había recibido la orden de poder correrse, además con el intenso dolor que recibía en su culo, habría sido bastante difícil que lograra hacerlo. Cuando Saúl vio que su Señor se corría, se detuvo y dejó de martirizar a Luis, sacándole el mango de su culo, que había quedado dilatadísimo. Estaba sorprendido. Se preguntó si su propio orto se vería igual que ése cuando era sodomizado brutalmente por alguno de aquellos Señores. La respuesta a aquella pregunta era negativa. El culo de Saúl era tan elástico que no importaba lo que uno le metiera dentro, pocos segundos después recuperaba su estado inicial, haciendo que parecía que se le desvirgara cada vez que se le follaba, o incluso en la misma sodomización, con sacarle la polla de dentro, esperar unos pocos segundos, y volver a metérsela.

A continuación, Don Romannetti clavó su dura estaca hasta lo más hondo del prieto culo de su hijo Lio y empezó a soltar chorretones de ardiente leche de Macho dentro de su culo de Semental. Ser el único que tuviera derecho a fornicarle el orto era un placer inigualable. Lionardo por su parte había estado masturbándose mientras su padre le sodomizaba, y cuando el viejo le llenó el culo de leche, soltó su corrida sobre la tumbona. No por sentirse especialmente excitado, no es que lo estuviera demasiado en ese momento, pero no hacerlo habría sido un claro insulto hacia su padre. Lionardo no era un sumiso como el resto de los presentes. Él era Semental, y llegaría a superar a su padre en todos los aspectos de la vida cuando tuviese la edad suficiente. De momento debía joderse y aguantarse cada vez que su padre le otorgaba el grandísimo honor de querer follarle. Por eso se esforzó y se corrió sin putas ganas de hacerlo en realidad.

“Ha sido un castigo fabuloso, amico Ricky” le felicitó el Don, sacándole la polla del culo a su hijo menor.


“Si que lo ha sido” respondió el perro callejero, y entonces ordenó a Saúl “Tú, cerda. Desata a tu hermano y ayúdale a salir de la piscina”

miércoles

Ricky, el perro callejero #20

EL VIAJE. DIA 2 (parte 5) Saúl recibe un premio de Ricky, su dueño, con la ayuda de Miele. Lionardo castiga el frágil cuerpo de Luis, el hermano mayor de Saúl, con el látigo. Don Romannetti hace gala de su maldad follándole la boca a uno de sus sumisos vietnamitas, mientras explica en voz alta cómo mató a sus padres, y convirtió a los jovenes Thian y Phuo en sus devotos esclavos.


Aquel segundo día de mini-vacaciones fue muy largo, sobre todo para los pobres sumisos, que no pudieron comer nada hasta la cena, cuando se repitió la escena de los días anteriores, con los tres Machos sentados en la mesa, deleitando sus paladares con los más exquisitos manjares, mientras los esclavos comían todos juntos del mismo cuenco, a cuatro sobre el suelo y sin utilizar las manos.

Después de cenar, la comitiva se dirigió al salón de los sofás de estilo romano, con cadenas colgando de las paredes y del techo, y consoladores repartidos por toda la estancia. Don Romannetti, su hijo menor Lionardo y Ricky, el perro callejero, disfrutaron a sus anchas de los cuerpos esbeltos y hermosos de sus sumisos, tanto los propios como los ajenos.

Como Ricky se sentía complacido por el comportamiento de Saúl, ajeno al torrente de emociones encontradas que le recorría por dentro al más joven de sus sumisos, respecto a Lio, el hijo menor del Don, quiso premiarle.

“Puta insaciable, ven y chúpame la polla” le ordenó a Saúl, llamándolo por el nombre que él mismo puso en su collar de esclavo “Miele, tú cómele el culo” dijo a la ninfa andrógina “Pero nada de correrte hasta que yo te lo ordene” Ricky volvía a dirigirse a Saúl.

“¡Sí, señor!” exclamó el rubio, que al igual que su hermano mayor Luis antes en el barco, se sentía tan tremendamente agradecido por que su único y verdadero Amo reclamara sus servicios, que se arrodilló entre sus piernas y comenzó a hacerle la mejor mamada que le hubiera hecho en su maldita vida. Se notaba que le echaba todas las ganas.

Lionardo, al ver que Saúl había sido reclamado por su Semental, y no queriendo quedar en demasiada evidencia por no querer pasar el rato más que torturando y sodomizando a Saúl, escogió al hermano mayor de quien era su verdadera obsesión, y al que todavía no había probado:

“Cerda comepollas ven aquí” dijo hablándole a Luis, luego se dirigió al Don “Con tu permiso, padre, reclamo también a uno de tus pequeños para que me haga compañía un rato.”

Luis se puso en pie y se acercó al sádico Lio, con algo de temor por la bruta manera que había visto que trataba a su hermano menor. Mientras Don Romannetti respondió.

“Te puedes quedar con Thian, yo me quedo a Phuo”

Lionardo llevó al sumiso Luis a un lado de la habitación, y le ató las manos por encima de la cabeza a unas cadenas que colgaban del techo. Thian le amarró los tobillos a sendos grilletes al suelo, dejándole las piernas todo lo abiertas que pudieron. Él mismo había sido atado así en infinidad de ocasiones, y sabía muy bien cómo deseaba su joven Amo que fuera hecho ese trabajo.

Cuando el sumiso Luis estuvo listo, quedando justo en medio de los dos cómodos sofás donde estaban Don Romannetti con Phuo mamándole la polla por un lado, y por otro Ricky con su dura verga metida dentro de la boca se Saúl, y Miele chupándole el culo a su sumiso más joven, Lio le ordenó al pequeño asiático:

“Ve a buscarme un látigo. Que sea largo y no demasiado grueso.”

Al oírle decir eso, Don le explicó a Ricky, el perro callejero “Il mio figlio es un experto en el uso de fustas y látigos. En cualquier herramienta de tortura en realidad. Es su don particular.”

Y era del todo cierto. Así como existen ciertas personas que nacen con un oído especial para la música, o una capacidad más allá de lo normal para pintar, o escribir, el don natural del joven Lionardo era torturar. Conocía todos los métodos habidos y por haber para causar daño, desde los usados en los tiempos más remotos en la más lejana civilización, a los que se utilizaban hoy en día para torturar a los presos de guerra. Todos. Solo viendo el cuerpo del sumiso, sabía qué tipo de castigo sería el más adecuado para él, sabía elegir la herramienta más adecuada para el caso, que causara el mayor dolor posible, pero sin provocar daño permanente, y sabía cómo aplicar dichos castigos como nadie.

Mientras Thian iba en busca del látigo, Lionardo se paseó alrededor del joven esclavo llamado Luis. Evaluó su cara. Realmente era muy parecido a Saúl. Pero se notaba que no era él. El mayor de los hermanos rubios carecía de ese brillo de rebelión en sus pupilas, y por eso, aunque se le pareciera, no le atraía ni de lejos tanto como lo hacía su hermano menor Saúl. Pero tenía que catar la mercancía, para no hacerle un feo a Ricky, y por no levantar sospechas sobre su oscura obsesión malsana por Saúl.

Mientras le daba vueltas al cuerpo atado del sumiso, Lio le acariciaba suavemente con la yema de los dedos, por su torso, los brazos, la espalda. Se paró detrás de él y le abrió las nalgas de golpe, mirándole el culo de cerca, el tamaño de su orificio, la belleza de sus formas. Tenía que reconocer que físicamente no estaba nada mal, pero le faltaba ese salvajismo indómito que caracterizaba a su hermano menor. Era como si le sirviesen un festín lleno de platos deliciosos, pero que el cocinero hubiese olvidado ponerle la sal, aquello que le da el verdadero gusto a la comida. La rebeldía de Saúl era la sal indispensable para Lio. Luis era una comida bonita, pero insípida.

Dejó sus nalgas tranquilas y caminó despacio hacia la parte frontal del chico atado. Thian ya había regresado a su lado con el látigo en sus manos, y se quedó esperando paciente y en silencio a que Lio decidiera cogerlo. Durante toda aquella evaluación tan exhaustiva, Luis sentía que se le iba a salir el puto corazón por la boca. No dijo nada, pero se le notaba a la legua lo nervioso que estaba, con todos sus músculos en tensión, porque sabía que no podría librarse de lo que se le venía encima, y no podía actuar como su hermano menor, gritando y quejándose, o recibiría un castigo mucho peor por parte de Ricky.

Lionardo acarició su rostro, pellizcó uno de sus pezones, y luego agarró el paquete de Luis, evaluando su tamaño, que era pequeño, falta de dureza por el miedo, y también la textura de sus pelotas. Finalmente dijo, cogiéndole el látigo al pequeño asiático de sus manos:

“Tienes buen material aquí. Está sano. Tiene un culo que apetece follar, y una boca que seguro sabe mamar pollas. Y se nota que ha sido bien domesticado.”

Ricky alzó la mirada y la puso en el joven Amo “Gracias. La verdad es que estoy muy contento con Luis. No suele darme problemas casi nunca. Soporta hasta las humillaciones más extremas solo por complacerme.”

“Ahora comprobaremos si tu esclavo también es capaz de soportar el dolor más extremo sin quejarse” no hizo falta decir “No como hizo Saúl” porque todo el mundo tenía presente lo sucedido la primera vez que se cruzaron Lio y el rubio.

El hijo menor de Don Romannetti hizo que Thian se apartara para no golpearle sin querer. Se situó a la distancia exacta para que solo la punta del látigo llegara a tocar la piel de su víctima y dio un primer, potente y sonoro latigazo ¡¡CHAASS!! que atravesó la piel de Luis, haciéndole sangrar. A pesar que la herida era visiblemente espectacular, solo era un corte superficial. Bien curado con una crema cicatrizante no dejaría ni marcas en un cuerpo tan joven y sano.

“¡¡HHHNMMM..!!” lo único que impidió que Luis se pusiera a gritar por el lacerante dolor que sintió fue que tenía los ojos de su adorado Amo, Dueño y Semental Ricky clavados en él. Podía notarlo, aunque él permaneciera con sus orbes cerrados. No podía humillar así a su Dios, dejarlo en evidencia delante de sus anfitriones y sus sumisos tan bien educados que parecía que jamás se quejaban por nada. Así que Luis soportó la dañina penitencia con estoicismo, por Ricky, por su hermano menor que había fallado la primera vez, y por sí mismo. Quería que su Macho se sintiera muy orgulloso de él, aunque al día siguiente no pudiera moverse.

“Cerda. Cuéntalos en voz alta dame las gracias por cada golpe” le dijo el sádico a su víctima.

“Ssi, señor... ¡Uno. Gracias, señor Lionardo!” respondió el rubio, con una lágrima cayéndole por la mejilla.

Aquello ya sí que hizo que el pequeño sádico sintiera cosquillas en su entrepierna.

“Bien, sigamos” a continuación, Lio soltó dos potentes latigazos que marcaron el costado izquierdo del sumiso Luis con sendas líneas sangrientas casi horizontales.

“¡HHMMMMM! ¡¡DOS!! ¡¡TRES!! ¡¡GRACIAS SEÑOR LIONARDO..!!” Luis ya soltaba lágrimas sin poderlo evitar, pero no lloraba, era una reacción automática de su cuerpo al recibir tantísimo dolor. Le temblaba todo el cuerpo por el subidón de adrenalina.

Ricky estaba con sus ojos puestos entre el espectáculo de latigazos que daba Lio, y su hermoso sumiso Saúl, que le mamaba la polla con toda su alma. Miele, agachada detrás de él, le comía el culo de manera golosa. Estaba tan cachondo que quería meterla en algún agujero más apropiado para correrse.

“Puta, siéntate encima mío y cabálgame. Pero ponte de espaldas a mí. Quiero que veas cómo se comporta un buen sumiso cuando recibe un castigo, sea cual sea la naturaleza del mismo, y sea quien sea quien te lo aplique, o el dolor que cause.”

Aquellas palabras dichas en voz alta avergonzaron a Saúl, que se sintió mal por ello, por haberle fallado a su Macho, pero al mismo tiempo se sentía increíblemente feliz de que el perro callejero quisiera follar con él:

“Si, mi Amo. Aprenderé” le aseguró.

Se sentó sobre su regazo, empalándose despacio su duro rabo de Semental, dándole la espalda, y Ricky le acariciaba el cuerpo mientras él comenzaba a follarse su polla

“Miele, chúpale la polla” y le susurró en su oído a Saúl “Cuando yo me corra puedes hacer tú lo mismo. No antes. Disfruta de tu premio, puta.”

El joven Saúl no se corrió de puro gusto al escucharle decir eso al perro callejero porque Dios no lo quiso.

“Si, mi Amo” respondió más sumiso que antes

Como le había ordenado, el joven rubio observó detenidamente como su hermano mayor Luis recibía aquellos latigazos sin quejarse, y muy dentro de él pensó que Ricky en el fondo tenía razón. Luis era mil veces mejor sumiso que él. A su hermano mayor le salía ser sumiso se manera natural, mientras que a él lo que le salía era la vena rebelde. ¿Por qué Ricky le quería como esclavo a él? No es que Saúl hubiese ido a rogarle a Ricky que le hiciera su sumiso, más bien las primeras veces que estuvo con él fue medio obligándole. Ricky fue quien decidió. Pero no lograba entender por qué. Saúl no podía entender que tan excitante y morboso le resultaba al perro callejero que Luis se dejara putear, humillar y follar sin quejarse lo más mínimo, como que Saúl hiciera las mismas cosas replicándole. La cuestión era que cumplieran con las órdenes, con más o menos carácter. Eso le gustaba a Ricky, la diversidad y la diferencia extrema existente entre ambos hermanos que tan parecidos eran físicamente, y tan diferentes mentalmente.

Saúl jadeaba suave, y notaba latigazos de placer de su orto que él mismo se empalaba sobre la polla de su Semental, y en su polla devorada por Miele. Tenía muchísimas ganas de correrse. Para evadirse, clavó su mirada en su hermano Luis y en las heridas que Lionardo iba abriéndole por todo su cuerpo con aquel temible látigo.

Don Romannetti, tumbado en una de las tumbonas romanas, estaba concentrado en el sumiso vietnamita que tenía a su disposición. El Macho estaba tumbado de medio lado, con muchos cojines a su espalda, y embestía suave contra la dulce cara de Phuo, que permanecía arrodillado sobre el suelo, con las manos sobre las rodillas, como le había ordenado, y manteniendo su boca abierta al máximo. El mafioso sentía un morbo especial diciéndole cosas a esos niños como lo que le estaba diciendo ahora:

“Tus padres eran unos putos desgraciados” dijo, mirándole a los ojos. El asiático le devolvía la mirada más mansa y vacía del mundo y movía la lengüecita para darle mayor placer a su Amo, que continuaba hablándole “Vinieron a pedirme dinero, y cuando no pudieron devolverlo, los maté” podía parecer que Phuo no entendía el idioma porque no reaccionaba en absoluto a esas palabras, pero vaya si lo entendía. Todo. Perfectamente. Comprendía que aquel ser que era su Amo había matado a sus padres, pero esa figura paternal era tan lejana y difusa en su memoria que apenas era un fantasma sin rostro que no despertaba emoción ninguna en él. Don Romannetti se iba excitando más y más. Aumentó poco a poco la velocidad a la que le penetraba la boca a uno de sus sumisos favoritos “Entonces os adopté a ti y a tu hermano. Para que pagarais con vuestras miserables vidas la deuda que me dejaron vuestros padres” Phuo no discutía, ni se cuestionaba a cuanto ascendía aquella deuda realmente, si era tan alta como podía valer la vida de dos seres humanos, esclavizarlos de muy corta edad y convertirlos a base de abusos, malos tratos y lavados de cerebro, a simples trozos de carne vivientes, sin personalidad, solo válidos para obedecer las órdenes de su Amo.

“¿Recuerdas lo bien que lo pasábamos cuando llegasteis?” la polla del Don se hinchaba por segundos. De fondo se oían los sonidos de los latigazos que Lio le soltaba a Luis, y los jadeos del trio que se lo montaba en el sofá de enfrente, formado por Ricky, Saúl y Miele. Phuo asintió levemente en silencio, sin dejar de mamarle la dura polla a su Señor. Don Romannetti le puso una mano sobre el pelo y se lo acarició. Su afilada mirada no se apartaba de la del crío “Aprendisteis a mamar polla en seguida. Yo mismo me encargué. No hacíais otra cosa. Mañana, tarde y noche chupándome la polla como pequeños cachorrillos mamando leche de las tetas de su madre” de la polla del Don salió un chorro de presemen que Phuo degustó con placer y se tragó con gusto. Era un pequeño robot sin alma “Hmmm.. y siempre que me la chupabais yo os metía los dedos, o cualquier otro juguete por el culo. En cuanto estuve seguro que no os reventaría por la diferencia de tamaños, solo entonces, me decidí a meteros mi duro rabo de Semental por el culo. Seguro que lo recuerdas” Phuo volvió a asentir, sin mostrar emoción alguna, y el Don siguió hablándole “Fue muy duro para mi contener las enormes ganas que tenía de follaros, de reclamar vuestros culos como de mi propiedad. Pero esperar al momento adecuado, además de ser una de las experiencias más excitantes de mi vida, fue la mejor decisión que pude haber tomado. Después de todo el entrenamiento, habéis terminado siendo unas putas de lujo. Jamás os cansáis, ni os quejáis por nada. No importa cuán humillante o dañino sea el castigo, siempre sois capaces de soportarlo. Y siempre estáis deseando complacerme. Comeros mi polla. Dejaros follar por mi” el Don sentía una excitación tan fuerte que avisó a su sumiso asiático “Puedes masturbarte. Voy a correrme pronto, y cuando termine de llenarte la boca de semen, me mearé. Y tú te lo tragarás todo, sin desperdiciar ni una sola gota. ¿Te ha quedado claro?” Phuo asintió levemente y como un autómata comenzó a masturbarse.

El Don metió y sacó su polla de aquel estrechísimo conducto, una y otra y otra vez, y al final la dejó metida dentro y comenzó a gemir con fuerza “Aaaaaaaaahh ahí vieneee Tragaaa putaaa” la nuez de Phuo se movía hacia arriba y hacia abajo, en señal que estaba tragando la leche de su Semental “Y ahora el rico postre” dijo el mafioso, relajando la vejiga y echándole su pis dentro de la boca al crio, que al sentirlo eyaculó .

“HmHmmh...” Phuo tragaba aquella eterna meada como si fuera el champagne más caro y delicioso del mundo. Para él realmente lo era. Nada que saliera del cuerpo de su Señor podía repelerle. Su semen, su pis, todo era su alimento.

Saúl se había quedado mirando aquella escena como hipnotizado. Hasta Luis se quedó perplejo por las barbaridades que le decía el Don a Phuo, y la absoluta falta de reacción por parte del asiático. Era del todo increíble. Y encima se tragaba su pis asqueroso, corriéndose del gusto que le daba hacerlo. Era todo demasiado retorcido y extraño para sus jóvenes mentes. No podían entenderlo. Y eso que el Don parecía ser el menos sádico de los Amos allí reunidos. Pero en ese momento les daba muchísimo más respeto él que Ricky y Lionardo juntos. Ese hombre era un puto peligro. Destrozaba almas, en vez de cuerpos.

Cuando Lionardo vio que su padre se corría en la boca de Phuo, ordenó a Thian que fuera a reunirse con él “Total, no le necesito para lo que quiero hacerle a esa puta rubia.”

El Don sonrió y ordenó que ambos chicos se le sentaran encima, Thian sobre su pecho dejándole el culo a su alcance, y Phuo se sentara de cara a Thian, con su trasero sobre la verga de momento desinflada de su Amo y Señor.

“Besa a tu hermano y masturbaos” ordenó el Don. Thian morreó a Phuo, saboreando los restos de esperma, y sobre todo de meada, que todavía tenía allí su hermano, y obedecieron a su Señor, tocándose el uno al otro.

Ricky de pronto agarró las piernas del sumiso Saúl por debajo de sus glúteos, y se las levantó hacia arriba y hacia atrás, dejándolo espatarrado y completamente abierto para él.

“Miele, chúpasela más rápido” ordenó al hijo mayor travestido del Don. Así lo hizo, redoblando sus esfuerzos por proporcionarle mucho placer a ese joven esclavo.

El perro callejero apoyó los pies bien, alzó su culo en el aire y empezó a follarse a Saúl con toda su mala hostia

“¡¡Aahahahah!! ¡Que buen culo tienes puta! ¡¡Como me gusta reventártelo jodeeer!!”

Saúl estaba en la puta gloria, con la polla de su Señor dura como una piedra taladrándole con todas sus fuerzas, y la dulce boca de Miele mamándole el rabo.

“¡¡Córrete puta!! ¡¡Hazlo ya!!” ordenó el perro callejero, clavándole su miembro viril de Macho hasta lo más hondo de su culo y soltándole allí su esperma de Semental.

“¡¡Sssiii Aahaahhh!!” el joven sumiso rubio se dejó llevar por todas las intensas sensaciones que recibía por su culo y por su polla y justo cuando su Dueño le marcaba con su semen, él soltaba su lechada espesa y caliente dentro de la boca de Miele, que la tragó con sumo gusto.

Por su lado, Lionardo seguía castigando al mayor de los hermanos rubios. ¡¡CHAAASS!! soltó un último latigazo sobre su malherida piel.

El pobre Luis estaba que se quería morir ya. De cuello para abajo solo sentía un lacerante, pulsante y horrible dolor por todo su cuerpo. Estaba cubierto de sangre, y de cortes por distintas partes de su anatomía.

“Veinte... mi señor Lionardo” es que no podía ni hablarle más que en susurros. No le quedaban fuerzas para nada.

“Muy bien, cerda. Eres todo un ejemplo a seguir como sumiso” le felicitó Lio. No solía felicitar a nadie, pero sabía que a Saúl le sentaría como una patada en los huevos y por eso lo hizo.

El Semental dejó el látigo sobre una mesilla auxiliar cercana y observó su obra. Maltratar tan duramente al hermano del que era su obsesión le había puesto la polla dura como una puta piedra.

“Ahora veremos qué tal es follarte el culo.”

La propia sangre de Luis hizo de lubricante. El hijo del Don se embadurnó el rabo con aquel líquido carmesí y embistió contra el orto del sumiso rubio, encastándole su glande dentro.

“HHHHnhhh....” Luis ni lo notaba casi, todo su cuerpo era una herida abierta y dolorosa para él.

Lionardo le agarró fuerte por las caderas y embistió de nuevo con saña, consiguiendo que sus pelotas chocaran contra su culo “Hmmm que apretado estás puta.”

Pero Luis no reaccionaba.

“Creo que te excediste un poco con el castigo” dijo su padre

“No, padre, podrá aguantarlo, seguro” respondió Lio

Lionardo entonces comenzó a follarse a Luis con toda su mala leche concentrada. No podrían decirle que trataba distinto a Saúl, porque les había hecho lo mismo a los dos hermanos rubios. Los castigó con la misma dureza, y los sodomizaba con sadismo, buscando hacerles el máximo de daño posible.

Aquello fue demasiado para el pobre Luis, que notaba como aquel rígido miembro se Macho se le clavaba dentro con crueldad. Sentía que le fallaban las piernas, así que se agarró con las manos a las cadenas que lo mantenían colgando del techo. Todo su cuerpo le temblaba por la tensión del momento, el tremendo dolor sufrido por los latigazos, y la potente sodomización que estaba sufriendo.

“HHhhhHHHHHhh...” aun así soportó con estoicismo y valentía aquella acometida digna de un puto toro semental, y no gritó en ningún momento.

El hijo del Don embistió contra el culo del sumiso rubio con toda su mala leche concentrada, hasta que encastó su duro miembro en lo más hondo de su orto de cerda y le soltó ahí su corrida. En ese momento Luis se corrió y perdió el conocimiento.


Cuando Luis se desmayó, dieron por finalizada aquella sesión de sexo duro. Los Amos, cansados de tanto follar, se retiraron a dormir a sus lujosos aposentos del piso superior, y los sumisos, completamente agotados, se tumbaron sobre la manta puesta en el piso del frío y lúgubre sótano. Fueron Miele y Saúl los encargados de desatar a Luis y bajarlo con ellos al piso de abajo.

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